domingo, 28 de agosto de 2011

Michelle

Había llegado muy de madrugada a la casa, cuidando de guardar silencio. Vivía solo y aún tomaba las mismas precauciones cuando vivía con sus padres. Cada borrachera era regresar a aquella vida; la nostalgia inundaba su pecho.
Se quito los zapatos de tacón y se desparramó en el sofá. El vestido de lentejuelas brillaba aún en la ausencia de luz. Estaba agotado.
Miró el techo de la sala y recordó la primera vez que su madre lo vio vestido así. Lágrimas brotaban de sus ojos.
¿Era vergüenza, rabia, coraje, tristeza? Jamás pudo descifrar aquel evento. Había pensado en decir que era la noche de brujas, pero estaba a mediados de febrero, así que no cuadraba. Prometió guardar el secreto.
Sin embargo, no se podían ignorar las expresiones de asco que su madre lanzaba cuando alguien se vestía con los colores del arco iris.
Papá se enteró. Había asistido al bar al que iba y pudo reconocerlo, aún con todo el disfraz, la peluca, las uñas postizas, los tacones y la tanga de hilo dental.
Se fue de casa después de ello, mamá llamaba cada día suplicando su regreso y su padre le negaba el acceso al recibidor.
Suspiró, se sentía bien estar libre, lejos de críticas, gritos y negaciones. Lamentaba ya no estar allá con ellos, con su familia. Pero si contar con su compañía significaba que debía dejar de ser quien es, preferiría el olvido.

Cerró los ojos y soñó con sus noches de fiesta, con sus tacones altos que lo llevaban al cielo, su peluca que la hacía ver divina y su vestido de lentejuelas; las uñas y pestañas postizas, los kilos de maquillaje y la pedrería.
Soy libre, soy quien soy y nadie me detendrá.


irazu

1 comentario:

  1. Sigue alimentando de sueños a ese gato de fibras capilares sensibles al aire eléctrico de las buenas historias...

    Asomándonos a tu ático: ¡¡¡llegaremos a las 2 mil visitas!!! (me incluyo, jeje :)

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