Mi alma se rompía lentamente aquella tarde.
El sol en lo alto me cegaba y el calor era insoportable. Transpiraba como regadera abierta y estaba empapada en sudor, acostada en el patio trasero, esperando que llegue mi hora.
Un pájaro aletea a lo lejos, aún es temprano. Se escuchan movimientos en la casa y no deseo cambiarme de lugar. Estaba cansada, cansada de que mi padre no se dignara nunca a verme, cansada de que me gritara, cansada de sus gestos de odio.
Mamá decía que no era así, que el me amaba; pero yo sabía que no. Ya estaba lo suficientemente grande para entender que jamás tendré su aprobación.
Miré al cielo naranja una vez más, antes de entrar a la casa. Anoche mi tío había llegado de sorpresa, ofreciéndome aquella casa vieja que le dejó la abuela. Todo para que saliera de aquel infierno...
Cerré los ojos, no sería difícil, ya tenía dinero ahorrado por tantas vacaciones trabajando. Sabía cuidarme sola, desde pequeña huía de casa. Solo me preocupaba mi madre, ella sufriría. Pero es mi libertad al precio de su felicidad, y yo ya no puedo seguir en esta casa; no con él, no con su indiferencia, no con su desprecio, no con esa sensación de que me desea muerta.
No aquí, no con él, no con los recuerdos que aprietan mi alma y no la dejan respirar.
A lo lejos se escucha un coche pasar, niños corriendo, es verano, hace calor y mi estómago se retuerce con un dolor que desde niña no he podido deshacerme. Esa sensación tan fría que quema y anuda la garganta; que me rompe cada segundo que pasa.
Quisiera que algo me golpeara tan fuerte que no me deje levantarme, un filo que atraviese y destruya ese nudo en mi garganta y avance hasta destrozarme la yaga en el estómago. Una lágrima cae, no es novedad.
¿Cuándo lloverá? Mi boca seca suspira el aire caliente calentando más el interior de mi esófago, no más...
Me acurruco en el pasto seco, duele, duele muy fuerte. Alguien se acerca.
Un par de ojos verdes me observa, no lo pienso más, me voy.
Cada cabeza es un ático, en donde se guardan recuerdos y fantasías, todo un mundo. Cada uno es distinto y muestra matices sorprendentes. Éste es el ático de aquel gato negro escondido, celoso del sol que acaricia su piel cada mañana, aquel que solo le cuenta a la luna sus miedos y anhelos...
lunes, 31 de octubre de 2011
miércoles, 26 de octubre de 2011
Pedofilia
Cerrar los ojos,
y pensar que no estás ahí,.
Cubrir la luz con mis manos
y encandilarme con la oscuridad.
Soñar con una caricia,
olvidando cada golpe en mi pecho.
Olvidar que vivo contigo,
y que tengo una infancia feliz.
Olvidar ese aliento fétido,
que no me deja dormir...
Cerrar los ojos,
y pensar que no estás ahí.
Cubrir la luz con mis manos,
e imaginar que ya me morí.
Cuando tocó mi cuerpo, mi pequeño ser; no sabía que pasaba, ni por qué lo hacía. Extrañamente me sentía sucio y sólo quería encerrarme en mi cuarto.
Incluso hoy, a veinte años de aquella situación; me da asco pensar en ti, me da asco ser la única persona que puede cuidarte. Te veo tendida en la cama, muriendo y solo quiero tu fin.
Solo quiero que te hundas en la podrida soledad a la que tú misma me arrastraste.
irazU*
lunes, 17 de octubre de 2011
Culpas
Ella fue la culpable,
de nuestras tardes frías,
de las miradas perdidas,
de la sopa congelada a las tres de la tarde.
Miró a la ventana y suspiró una vez más, abrazó sus piernas en un intento de mantenerse caliente aquella tarde lluviosa. Sabía que algo se había roto, lo descubrió aquella mañana mientras se peinaba frente al espejo.
Parecía que todo iba a derrumbarse, la casa en la que habían vivido los últimos años, la sala en el cual recibieron a sus visitas, la cocina llena de risas, el baño húmedo y cálido, los pasillos que de pronto se volvieron solitarios, la recamara silenciosa y gris...
Si, algo se había roto, y estaba ahí, permaneciendo desde quién sabe cuando, destruyendo todo poco a poco.
Ella fue la culpable,
nadie se enteró cuándo se coló por la ventana;
y, sin embargo, nos destroza el alma.
¿Ya es demasiado tarde?
Picaba las verduras para la cena, sentía como si hubiera despertado de un largo letargo. Tal vez era así, tal vez estaba dormida todo ese tiempo.
Miró nuevamente por la ventana, seguía lloviendo y él no llegaba. La contestadora no tenía mensajes, las camas estaban tendidas, el pasillo impecable, la vajilla permanecía aún nueva. Todo estaba perfecto, como el filo de un cuchillo nuevo.
¿Por qué?
¿Por qué no nos dimos cuenta?
Pudimos haberla detenido en su momento.
¿O es acaso una guerra perdida?
Lo sabía, estaba hecho. Había terminado ya, y todo por no darse cuenta de que había llegado aquel pequeño intruso; que se apoderó de sus emociones y rompió con sus sentimientos y emociones.
¿Cuánto tiempo seguiría preparando la misma cena, obteniendo el mismo resultado? Noches calladas, sin sonrisas, parecían fantasmas.
Y ahora que lo había resuelto, no podía seguir quedándose ahí. No sabía cómo hacerlo; esperarlo, una carta, una llamada desde el aeropuerto, una mudanza... ¿Qué se tenía que hacer? ¿Cuál es el protocolo?
Las miradas estaban vacías,
así como sus almas de agua en sentimiento...
Ella había sido la culpable de aquella tragedia.
Solo había sido ella...
La distancia
*i*r*a*z*u*
miércoles, 12 de octubre de 2011
Obsequios
Estaban ahí, en la parada del camión. Era temprano y hacía frío, la lluvia empeoraba el clima.
Elisa estaba empapada porque había olvidado el paraguas, abrazaba su cuerpo y temblaba. Miró a su acompañante y se ruborizó. El mes pasado la había confundido con un estudiante de último año, siendo que era de nuevo ingreso, igual que ella. Incluso iban en el mismo salón.
Tal vez eran sus labios rojos y su cabellera de fuego lo que la hacía ver más grande.
Desde que la vio en su clase, quiso hablarle, pero ¿Cómo? Ella solo hablaba con chicos, solo les sonreía a ellos y solo se iba con ellos. A las compañeras del salón, las ignoraban, así como aquellos comentarios ofensivos denigrando su persona.
-¿Qué me ves?
Su voz era ácida, ruda, pero a Elisa le gustaba.
-Pe...per...perdón...
Sus dientes castañeaban a causa del frío, miro la abrigadora chamarra de ella y sintió un dolor que recorría su piel.
-¿No tienes paraguas?
Elisa negó con la cabeza, había perdido el último que le había dado su tío y no quería pedir otro más.
Miró sus botas para el agua, todas las chicas rumoreaban que eran obsequios que le daban los chicos a cambio de ciertos placeres.
-Te llamas Elisa ¿Cierto?
Asintió con la cabeza.
-Y... a ti... t... te lla...man... Rapunzel....
Rapunzel dejó ver sus dientes ante una sonrisa un tanto macabra, se quitó su chamarra y la puso sobre el cuerpo de Elisa.
-Te recomiendo te quites la ropa de abajo o te enfermaras.
Se vieron mutuamente y ambas sonrieron.
Elisa estaba empapada porque había olvidado el paraguas, abrazaba su cuerpo y temblaba. Miró a su acompañante y se ruborizó. El mes pasado la había confundido con un estudiante de último año, siendo que era de nuevo ingreso, igual que ella. Incluso iban en el mismo salón.
Tal vez eran sus labios rojos y su cabellera de fuego lo que la hacía ver más grande.
Desde que la vio en su clase, quiso hablarle, pero ¿Cómo? Ella solo hablaba con chicos, solo les sonreía a ellos y solo se iba con ellos. A las compañeras del salón, las ignoraban, así como aquellos comentarios ofensivos denigrando su persona.
-¿Qué me ves?
Su voz era ácida, ruda, pero a Elisa le gustaba.
-Pe...per...perdón...
Sus dientes castañeaban a causa del frío, miro la abrigadora chamarra de ella y sintió un dolor que recorría su piel.
-¿No tienes paraguas?
Elisa negó con la cabeza, había perdido el último que le había dado su tío y no quería pedir otro más.
Miró sus botas para el agua, todas las chicas rumoreaban que eran obsequios que le daban los chicos a cambio de ciertos placeres.
-Te llamas Elisa ¿Cierto?
Asintió con la cabeza.
-Y... a ti... t... te lla...man... Rapunzel....
Rapunzel dejó ver sus dientes ante una sonrisa un tanto macabra, se quitó su chamarra y la puso sobre el cuerpo de Elisa.
-Te recomiendo te quites la ropa de abajo o te enfermaras.
Se vieron mutuamente y ambas sonrieron.
"Tal vez sea el inicio de una buena amistad"
Pensó Elisa, aunque realmente sabía que quería algo más.
irazu****
viernes, 7 de octubre de 2011
¡Apagón!
Ya lo he dicho antes, escuchar ruidos raros en baños públicos de mujeres, es algo que no pase. Incluso ha llegado a ser un tema de conversación.
Que qué pena el escuchar algún ruido mientras estás en el baño público, que si fue la de a lado, que si ya va a salir, que si aún está adentro... yo que se.
En lo personal, no me gustan mucho, siento que se invade mi privacidad a pesar de los muros y las puertas. Antes, de pequeña, cuando llegaba a un lugar nuevo, ya sea una tienda departamental, restaurante o casa de algún amigo de mis padres; yo corría al baño solo para ver como era.
Ahora, solo los detesto, me tenso al saber que alguien a lado está defecando junto conmigo. No lo sé, tal vez soy muy quisquillosa. Luego no puedo, cómo se diría... desahogarme completamente...
Total, sucedió que hace un par de días, en el trabajo, en mi intento de ser silenciosa, llegué a pasar tan desapercibida, al grado de que apagaron la luz y yo seguía adentro.
No sabía si sentirme ofendida o halagada. No es raro que olviden que ando en alguna estancia, pero ¿qué no se dieran cuenta de que seguía en el baño? Bueno, habría que preguntarle a quien apagó la luz.
...irazu?
Que qué pena el escuchar algún ruido mientras estás en el baño público, que si fue la de a lado, que si ya va a salir, que si aún está adentro... yo que se.
En lo personal, no me gustan mucho, siento que se invade mi privacidad a pesar de los muros y las puertas. Antes, de pequeña, cuando llegaba a un lugar nuevo, ya sea una tienda departamental, restaurante o casa de algún amigo de mis padres; yo corría al baño solo para ver como era.
Ahora, solo los detesto, me tenso al saber que alguien a lado está defecando junto conmigo. No lo sé, tal vez soy muy quisquillosa. Luego no puedo, cómo se diría... desahogarme completamente...
Total, sucedió que hace un par de días, en el trabajo, en mi intento de ser silenciosa, llegué a pasar tan desapercibida, al grado de que apagaron la luz y yo seguía adentro.
No sabía si sentirme ofendida o halagada. No es raro que olviden que ando en alguna estancia, pero ¿qué no se dieran cuenta de que seguía en el baño? Bueno, habría que preguntarle a quien apagó la luz.
...irazu?
Crédito
Había aceptado tomar un crédito porque me sentía segura y respaldada, papá dijo que me apoyaría y me respondería mis dudas. Así que agarré mis tiliches y me aventuré una vez más, confiando ciegamente de nuevo.
Todo parecía estar bien, adelanté mis pagos y hasta pagué un poco más para sentirme de esos que nunca se atrasan y por lo tanto no se estresan.
Luego vinieron los problemas con el famoso sistema y la falta de comunicación entre los departamentos. Intenté manejarlo por mi propia cuenta.
Papá terminó acudiendo a las oficinas para defenderme, porque me estaban haciendo tonta.
Eso, fue uno de los primeros conflictos que tuve.
Más tarde, mi desorganización me hizo pasar por alto un pago que no noté que hacía falta, me enteré ocho meses después y la cartera tuvo un bajón algo significativo. Aún así no permití que me desanimara.
Pero tiempo después, mi padre ya no estuvo para asesorarme ni explicarme, los cálculos no salían. Mandé correos pidiendo información, realicé llamadas sin respuesta alguna y asistí con insistencia con alguien que tuviera el nexo con la organización; me dio una cantidad, hice el pago, luego papá llama diciendo que es otra, y al fin recibo un correo en donde dice que aún hay otros pendientes y las tablas que me manda son códigos extraños para mí.
De pronto me siento sola, abandonada. Es hora de pagar por la inocencia de la que debí haberme deshecho hace tiempo. Nunca debí confiar en las instituciones, ni en quienes las representan, ni en quien prometió resguardarme.
Porque al final de cuentas, uno está solo en todo momento...
Solo me queda esperar que la toalla colgada en el barrote del baño me haga desaparecer, no se darían cuenta, están ausentes desde hace días... pero no funcionó, después de todo.
irazu
Todo parecía estar bien, adelanté mis pagos y hasta pagué un poco más para sentirme de esos que nunca se atrasan y por lo tanto no se estresan.
Luego vinieron los problemas con el famoso sistema y la falta de comunicación entre los departamentos. Intenté manejarlo por mi propia cuenta.
Papá terminó acudiendo a las oficinas para defenderme, porque me estaban haciendo tonta.
Eso, fue uno de los primeros conflictos que tuve.
Más tarde, mi desorganización me hizo pasar por alto un pago que no noté que hacía falta, me enteré ocho meses después y la cartera tuvo un bajón algo significativo. Aún así no permití que me desanimara.
Pero tiempo después, mi padre ya no estuvo para asesorarme ni explicarme, los cálculos no salían. Mandé correos pidiendo información, realicé llamadas sin respuesta alguna y asistí con insistencia con alguien que tuviera el nexo con la organización; me dio una cantidad, hice el pago, luego papá llama diciendo que es otra, y al fin recibo un correo en donde dice que aún hay otros pendientes y las tablas que me manda son códigos extraños para mí.
De pronto me siento sola, abandonada. Es hora de pagar por la inocencia de la que debí haberme deshecho hace tiempo. Nunca debí confiar en las instituciones, ni en quienes las representan, ni en quien prometió resguardarme.
Porque al final de cuentas, uno está solo en todo momento...
Solo me queda esperar que la toalla colgada en el barrote del baño me haga desaparecer, no se darían cuenta, están ausentes desde hace días... pero no funcionó, después de todo.
irazu
domingo, 2 de octubre de 2011
La mancha en las sábanas blancas
Miraba la mancha en las sábanas blancas, retorcía las manos, nerviosa, escuchó ruidos fuera de su habitación y corrió a poner el seguro a la puerta; tenía miedo.
Afuera comenzaba a llover y así como caían aquellas gotas de agua dulce, quiso llorar. Sentía como su corazón se salía de su cuerpo y vomitaba su estómago, no podía más. Miró esa mancha nuevamente, parecía un monstruo que iba creciendo rápidamente.
Alguien tocó a su puerta y se sobresaltó.
-¡Elisa! ¿Estás despierta?
Agitada, no podía responder. Hilos delgados de sangre resbalaban por sus piernas y la mancha se hacía grande.
Intentaron girar la perilla y ella grito.
-¡No entres!
Afuera todo se calmó.
Adentro, ella se acurrucaba en el suelo, deseando que esa sensación cálida y húmeda se desvaneciera.
-¿Estás bien?
La voz de su madre mostraba preocupación.
Elisa lloró mientras más sangre corría por sus piernas.
-Elisa, voy a entrar.
-¡No lo hagas!
Estaba asustada, sentía como se caía su mundo de fantasías, de cuentos de hadas y muñecas, estrellas y lunas.
La llave se introdujo y giró, quitando el seguro. La encontró en el suelo, en posición fetal, llorando y las piernas ensangrentadas.
Aquellas sábanas perfectamente blancas habían quedado impuras con aquella mancha roja. Su madre se agachó y abrazó a su hija.
-Felicidades.
Decía una y otra vez, Elisa no entendía, había destruido aquellas sábanas blancas, el suelo, su pijama, su ropa interior.
-Ya eres toda una mujercita.
Miró a su madre y no supo por que llorar, si por aquella transgresión o porque había dejado de ser una niña.
Afuera comenzaba a llover y así como caían aquellas gotas de agua dulce, quiso llorar. Sentía como su corazón se salía de su cuerpo y vomitaba su estómago, no podía más. Miró esa mancha nuevamente, parecía un monstruo que iba creciendo rápidamente.
Alguien tocó a su puerta y se sobresaltó.
-¡Elisa! ¿Estás despierta?
Agitada, no podía responder. Hilos delgados de sangre resbalaban por sus piernas y la mancha se hacía grande.
Intentaron girar la perilla y ella grito.
-¡No entres!
Afuera todo se calmó.
Adentro, ella se acurrucaba en el suelo, deseando que esa sensación cálida y húmeda se desvaneciera.
-¿Estás bien?
La voz de su madre mostraba preocupación.
Elisa lloró mientras más sangre corría por sus piernas.
-Elisa, voy a entrar.
-¡No lo hagas!
Estaba asustada, sentía como se caía su mundo de fantasías, de cuentos de hadas y muñecas, estrellas y lunas.
La llave se introdujo y giró, quitando el seguro. La encontró en el suelo, en posición fetal, llorando y las piernas ensangrentadas.
Aquellas sábanas perfectamente blancas habían quedado impuras con aquella mancha roja. Su madre se agachó y abrazó a su hija.
-Felicidades.
Decía una y otra vez, Elisa no entendía, había destruido aquellas sábanas blancas, el suelo, su pijama, su ropa interior.
-Ya eres toda una mujercita.
Miró a su madre y no supo por que llorar, si por aquella transgresión o porque había dejado de ser una niña.
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La espera terminó
Hoy, querido lector, te invito a que abras la puerta a las memorias que han acompañado mis noches eternas, las noches de muchas y la...
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Dime dónde te encuentro porque mis pasos son cansados y mi vista se encuentra agotada; dime dónde te siento si las palmas de mis ma...
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Aprovecho el medio para notificarles que el Ático Azul de iRazu* cierra sus puertas, agradeciéndoles aquellas tardes y noches de lectura,...