lunes, 31 de octubre de 2011

Naranja

Mi alma se rompía lentamente aquella tarde.
El sol en lo alto me cegaba y el calor era insoportable. Transpiraba como regadera abierta y estaba empapada en sudor, acostada en el patio trasero, esperando que llegue mi hora.
Un pájaro aletea a lo lejos, aún es temprano. Se escuchan movimientos en la casa y no deseo cambiarme de lugar. Estaba cansada, cansada de que mi padre no se dignara nunca a verme, cansada de que me gritara, cansada de sus gestos de odio.
Mamá decía que no era así, que el me amaba; pero yo sabía que no. Ya estaba lo suficientemente grande para entender que jamás tendré su aprobación.
Miré al cielo naranja una vez más, antes de entrar a la casa. Anoche mi tío había llegado de sorpresa, ofreciéndome aquella casa vieja que le dejó la abuela. Todo para que saliera de aquel infierno...
Cerré los ojos, no sería difícil, ya tenía dinero ahorrado por tantas vacaciones trabajando. Sabía cuidarme sola, desde pequeña huía de casa. Solo me preocupaba mi madre, ella sufriría. Pero es mi libertad al precio de su felicidad, y yo ya no puedo seguir en esta casa; no con él, no con su indiferencia, no con su desprecio, no con esa sensación de que me desea muerta.
No aquí, no con él, no con los recuerdos que aprietan mi alma y no la dejan respirar.
A lo lejos se escucha un coche pasar, niños corriendo, es verano, hace calor y mi estómago se retuerce con un dolor que desde niña no he podido deshacerme. Esa sensación tan fría que quema y anuda la garganta; que me rompe cada segundo que pasa.
Quisiera que algo me golpeara tan fuerte que no me deje levantarme, un filo que atraviese y destruya ese nudo en mi garganta y avance hasta destrozarme la yaga en el estómago. Una lágrima cae, no es novedad.
¿Cuándo lloverá? Mi boca seca suspira el aire caliente calentando más el interior de mi esófago, no más...
Me acurruco en el pasto seco, duele, duele muy fuerte. Alguien se acerca.
Un par de ojos verdes me observa, no lo pienso más, me voy.

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