Miraba la mancha en las sábanas blancas, retorcía las manos, nerviosa, escuchó ruidos fuera de su habitación y corrió a poner el seguro a la puerta; tenía miedo.
Afuera comenzaba a llover y así como caían aquellas gotas de agua dulce, quiso llorar. Sentía como su corazón se salía de su cuerpo y vomitaba su estómago, no podía más. Miró esa mancha nuevamente, parecía un monstruo que iba creciendo rápidamente.
Alguien tocó a su puerta y se sobresaltó.
-¡Elisa! ¿Estás despierta?
Agitada, no podía responder. Hilos delgados de sangre resbalaban por sus piernas y la mancha se hacía grande.
Intentaron girar la perilla y ella grito.
-¡No entres!
Afuera todo se calmó.
Adentro, ella se acurrucaba en el suelo, deseando que esa sensación cálida y húmeda se desvaneciera.
-¿Estás bien?
La voz de su madre mostraba preocupación.
Elisa lloró mientras más sangre corría por sus piernas.
-Elisa, voy a entrar.
-¡No lo hagas!
Estaba asustada, sentía como se caía su mundo de fantasías, de cuentos de hadas y muñecas, estrellas y lunas.
La llave se introdujo y giró, quitando el seguro. La encontró en el suelo, en posición fetal, llorando y las piernas ensangrentadas.
Aquellas sábanas perfectamente blancas habían quedado impuras con aquella mancha roja. Su madre se agachó y abrazó a su hija.
-Felicidades.
Decía una y otra vez, Elisa no entendía, había destruido aquellas sábanas blancas, el suelo, su pijama, su ropa interior.
-Ya eres toda una mujercita.
Miró a su madre y no supo por que llorar, si por aquella transgresión o porque había dejado de ser una niña.
Cada cabeza es un ático, en donde se guardan recuerdos y fantasías, todo un mundo. Cada uno es distinto y muestra matices sorprendentes. Éste es el ático de aquel gato negro escondido, celoso del sol que acaricia su piel cada mañana, aquel que solo le cuenta a la luna sus miedos y anhelos...
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