Era la pequeña la que te quería, la que le fascinaba escuchar tus tiernas palabras, el diminuto demonio cursi que se alegraba por cualquier tontería, pero que también sufría por distancias largas.
Tal vez puedas identificarla porque su tono de voz cambia, es pequeña, tierna, un caramelo andante. Y es lo que más me fastidia ¿sabes? Ese descaro suyo de correr y abrazar a otros decirte que te extraña, que a veces quisiera que las cosas volvieran a ser como antes, pero sin algunos factores, regresar a un ritmo pero que es incompleto, incomprensible deseo de antaño, pequeño demonio que se acurruca en tus brazos.
Tal vez la conoces demasiado bien que no te das cuenta cuando duerme, que no reconoces exactamente cuando te habla, porque están tan bien fusionadas, las ninfas que habitan en dicho bosque.
Encerrarla no es sencillo, no se puede, es inaudito, es una pequeña princesa que camina danzando, dando brinquitos, moviendo los olanes de su vestido, con sus zapatos lustraditos, su cabello corto y esponjado, va caminado sin fijarse en los miedos que arrebatan su alma, dándose cuenta demasiado tarde, una vez que ya fue curiosa, el demonio se la traga.
Y cuando sale, vuelve a danzar, como si nada le importara, pequeño demonio que solo canta por las mañanas.