lunes, 25 de junio de 2012

La cama

-Nos vamos.
-¿A dónde?
-Haz tu maleta -decía él, serio-, nos vamos.
-¿Papá?

Pedro apenas había cumplido 8 años la semana pasada y no entendía las palabras de su padre. ¿Por qué tenían que mudarse justamente en esas fechas? Si las cosas marchaban de maravilla, él al fin había conseguido hablarle a sus compañeros de salón para invitarlos a su fiesta -jamás había sido bueno haciendo amigos-. Inclusive no entendía lo que significaba hacer maleta... ¿se iban de vacaciones acaso?

Él sólo miraba la valija vieja que le dio su padre, seguía pensando cómo su cama cabría en esa maleta.

-¿Mamá?

Pedro abrazaba la cintura de su madre mientras picaba las verduras para la cena.

-Papá dice que nos vamos, pero no me dice a dónde.

Su madre, una mujer joven con ligeras arrugas alrededor de sus ojos, los cuales podían distinguirse gracias a un chongo sostenido con una liga desgastada, dejó de picar las verduras; un par de lágrimas bajaron por sus mejillas mientras miraba a su hijo, a pesar de ello, ella sonreía.

-Mamá... ¿estás picando cebolla?

Laura secó sus manos con su mandil, dejando las zanahorias tras de ella y limpió sus mejillas.

-Si, hijo.
-Papá dice que nos vamos a mudar, pero no creo que quepa la cama en esa maleta.

Laura acompañó a su hijo a su habitación para ayudarle a acomodar su ropa.

-¡Pero mamá! Eso no es importante.

Repelaba Pedro mientras su madre guardaba su saco aburrido que le regaló la abuela.

-Puedes necesitarlo algún día.
-¡Pero así no va a caber la cama!

Laura miró a su hijo, miró la cama, miró la maleta y sonrió; bajó a la cochera y tomó el serrucho de la caja de herramientas de papá que nunca usaba y subió de nuevo por las escaleras a la recamara de su hijo.

-Ven Pedro, ayúdame.

Ambos voltearon la cama y mamá cortó las patas de la cama, las acomodó en la valija y cerró los seguros.

-Mira Pedro -decía Laura sosteniendo los hombros de su hijo-, a donde vas a ir habrá una cama...
-¡Pero me gusta la mía!-interrumpía su hijo.
-Lo sé -mamá presionó suavemente los hombros de Pedro para calmarlo-, pero habrá otra cama, la cual también será cómoda... pero, si llegas a extrañar la tuya, sólo tienes que sacar las patas de la maleta, abrazarlas y pedirles con todo el corazón que tu cama vaya a ti... así ella viajará hasta donde estés...
-¡¿No importa que vaya al fin del mundo?!

Los ojos de Pedro brillaban con inocencia y emoción sincera.

-No, no importa a dónde vayas, ella siempre irá a ti.

Dicho esto, Laura abrazó a su hijo con fuerza.

-Mamá... ¿tus manos huelen a cebolla?

Laura secó sus lágrimas y aguantó la respiración para poderle contestar.

-Si hijo... huelen a cebolla.


iRazu*

jueves, 14 de junio de 2012

Escape

Corría, solo corría, a través de las calles solitarias de la ciudad, sin dirección alguna, sin mirar atrás; su aliento se cortaba, su costado le dolía, sus piernas se volvían blandas mientras sus manos se aferraban al aire para tomar impulso, su lengua era atravesada por un millón de pequeñas agujas y su garganta se llenaba de polvo y esporas que le impedían respirar, cada bocanada que daba le ardía. 

Una piedra fue suficiente para frenar su paso.

Tres vueltas en el aire, cuatro pasos arrastrado en el asfalto, un codo raspado, un tobillo roto y una frente abierta fueron la calificación de dicha caída. Pegó su nariz en el suelo y apretó los dientes con la misma intensidad que sus ojos, respiró profundo, mordiendo su labio inferior, intentando no llorar, intentando evitar que más sal corriera por su rostro; pero no se sabía si era llanto o sudor, no sabía si era cansancio o dolor, solo sabía que sus labios sabían cada vez más a mar.

Perdió en conocimiento antes de darse cuenta de que el hierro se mezclaba en sus encías, antes de sentir las punzadas en los dedos de sus pies, cerró los ojos ignorando dónde se encontraba y del estado de su dañado cuerpo.

***

Despertó con el cielo azul sobre sus ojos, con el sonido de las gaviotas cantando a sus oídos, una brisa refrescante peinaba su flequillo; respiró hondo, no sabía a tierra rancia, ni a rencor, se sentía paz. Intentó mover sus brazos y se dio cuenta que flotaba, bajo su cuerpo no había asfalto ni piedras pequeñas que se entierren en sus heridas abiertas.

Se preguntó dónde podría estar, intentó hablar, pero ningún sonido interrumpió aquella calma, no podía ni quería levantarse, no sabía cómo. Cerró los ojos, había olvidado la huida, las lágrimas, el sudor, la sangre, las heridas del alma y de su cuerpo imperfecto; olvidó su silueta pecaminosa, su cabellera roja, sus labios que solo escupían veneno... al fin la había olvidado, había corrido tanto que había roto la barrera del espacio y del tiempo, al fin pudo escapar de su pesadilla.

domingo, 3 de junio de 2012

Purgatorio

Soledad, nostalgia, melancolía, penitencia....

... sólo eran algunos de los pésames de la casa ubicada al fondo de la calle; las paredes carcomidas por el tiempo, los barrotes oxidados se disolvían en la tierra, transformándose en abono para la maleza y las flores silvestres para luego convertirse en alimento de gusanos por la tarde.

La casa, a pesar de ésto, hoy no se sentía abandonada, tenía visitas después de años de agonía. En su interior, Irazu merodeaba por los pasillos, estaba realmente inquieta puesto que ya se había acostumbrado a la tranquilidad y a las tormentas que sólo se daban en el exterior, más nunca entraban; era justo eso, la costumbre a que no pasara absolutamente nada y, en esos instantes, tener visitas, pasantes que no eran desagradables, pero que si le alteraban.

Aquella semana, se había instalado un huésped un tanto especial y que, tras su llegada, también vinieron vistas anheladas.

Esa tarde, la actividad se había centrado en el ático, como en la mayoría de los días anteriores, ambas chicas permanecían en silencio, sin mirarse; Dolores sentía cierta tensión que su acompañante ignoraba.

-Los pecados...- la huésped se atrevió a romper el silencio con un susurro apenas audible.

-¿Disculpa?

-Es la maldición que persigue a tu familia.

-¿Los pecados?

Dolores se atrevió a mirar la espalda de Rapunzel, los rayos del sol que entraban por la única ventana se mezclaban con las puntas de su cabello, atreviéndose a rozar sus desnudos hombros.

-Elisa me contaba- su voz frágil se rompía cada que la mencionaba- que su abuela creía de manera ferviente que cargaba consigo un gran pecado... de tal magnitud que sus hijos también cargaban con éste.

Dolores miró sus manos, la figura que marcaban sus líneas, la muerte que siempre persigue a los mortales se encontraba entre el abismo que se generaba en el hueco de su palma y el tiempo que se escapaba de entre sus dedos.

-Limpiar los pecados con sangre... ellos decían: tu abuela y tu padre.

Rapunzel se hospedaba en el ático de aquella abandonada morada, recibía las visitas constantes de Dolores quien escuchaba atenta su palabra; siempre que ella regresaba a casa, meditaba, miraba a María borracha y llenar la casa de humo, y ella meditaba...

Los pecados...

***


Era como fuego que danzaba en sus manos, hilos rojos se enredaban entre sus dedos nerviosos.

¿Le gustara? ¿Lo verá como una ofensa?

Dolores no dejaba de preguntarse la efectividad de su plan, no podía calmarse.

-¿Me llamaste?

Dolores pegó un brinco al escuchar la voz de Rapunzel detrás de ella, se escuchaba más alegre que otros días, lo cual la inquietaba más -a Dolores-, que no se atrevía voltearse y enfrentarla.

-¿Qué sucede?- Preguntaba inocente Rapunzel.

Podía notarlo con tan solo escucharla, aquel personaje arrancado de manera violenta de un cuento de hadas estaba sonriendo.

Aplacó el fuego con sus manos y giró, Rapunzel sonreía, como una niña, observando la expresión de Dolores, cuando un resplandor en sus dedos llamó su atención.

Era hermosa, tal cual como la recordaba, estaba intacta, brillante, se atrevió a tomarla con sus manos con cuidado, la sensación era como cuando la había adquirido: suave como la seda.

-¿De dónde...?

-Estaba arrumbada en una de las cajas del ático, la había encontrado cuando tenía 11 años...

Rapunzel tomó su peluca, la peino con sus dedos, sinceras y silenciosas lágrimas bajaron por sus mejillas mientras acomodaba aquel accesorio que más que un accesorio era una extensión de su alma, que transformaba su cuerpo.

Cerró los ojos cuando terminó de acomodarla, sintió un calor que recorría cada una de sus venas, como una chispa que se extendía hasta cada una de sus extremidades; un escalofrío, un suspiro...

... se desvaneció...

-Eres libre de tus pecados... descansa Rapunzel y ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte...

***

Dolores se encontraba frente a la puerta de la casa de María, no cargaba maleta alguna; ignoraba las miradas de los vecinos que la reconocían, viejos rancios que desaprobaron su conducta cuando se marchó años atrás. La hija problemática había vuelto, sin alguien a su lado, sin equipaje, sin saber qué había pasado en su viaje.

Nadie tenía idea en aquella cuadra esa tarde, pero ella venía a cubrir la cuenta pendiente que había cargado su abuelo, la deuda que incrementó su abuela, sus tíos, su padre... había regresado a liberar a su madre.

Dolores entró a la casa por la puerta de enfrente...

iraZu*

La espera terminó

Hoy, querido lector, te invito a que abras la puerta a las memorias que han acompañado mis noches eternas, las noches de muchas y la...