Corría, solo corría, a través de las
calles solitarias de la ciudad, sin dirección alguna, sin mirar atrás; su
aliento se cortaba, su costado le dolía, sus piernas se volvían blandas
mientras sus manos se aferraban al aire para tomar impulso, su lengua era atravesada
por un millón de pequeñas agujas y su garganta se llenaba de polvo y esporas
que le impedían respirar, cada bocanada que daba le ardía.
Una piedra fue suficiente para
frenar su paso.
Tres vueltas en el aire, cuatro
pasos arrastrado en el asfalto, un codo raspado, un tobillo roto y una frente
abierta fueron la calificación de dicha caída. Pegó su nariz en el suelo y
apretó los dientes con la misma intensidad que sus ojos, respiró profundo,
mordiendo su labio inferior, intentando no llorar, intentando evitar que más
sal corriera por su rostro; pero no se sabía si era llanto o sudor, no sabía si
era cansancio o dolor, solo sabía que sus labios sabían cada vez más a mar.
Perdió en conocimiento antes de
darse cuenta de que el hierro se mezclaba en sus encías, antes de sentir las
punzadas en los dedos de sus pies, cerró los ojos ignorando dónde se encontraba
y del estado de su dañado cuerpo.
***
Despertó con el cielo azul sobre
sus ojos, con el sonido de las gaviotas cantando a sus oídos, una brisa
refrescante peinaba su flequillo; respiró hondo, no sabía a tierra rancia, ni a
rencor, se sentía paz. Intentó mover sus brazos y se dio cuenta que flotaba,
bajo su cuerpo no había asfalto ni piedras pequeñas que se entierren en sus
heridas abiertas.
Se preguntó dónde podría estar,
intentó hablar, pero ningún sonido interrumpió aquella calma, no podía ni
quería levantarse, no sabía cómo. Cerró los ojos, había olvidado la huida, las
lágrimas, el sudor, la sangre, las heridas del alma y de su cuerpo imperfecto;
olvidó su silueta pecaminosa, su cabellera roja, sus labios que solo escupían
veneno... al fin la había olvidado, había corrido tanto que había roto la
barrera del espacio y del tiempo, al fin pudo escapar de su pesadilla.
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