-Nos vamos.
-¿A dónde?
-Haz tu maleta -decía él, serio-, nos vamos.
-¿Papá?
Pedro apenas había cumplido 8 años la semana pasada y no entendía las palabras de su padre. ¿Por qué tenían que mudarse justamente en esas fechas? Si las cosas marchaban de maravilla, él al fin había conseguido hablarle a sus compañeros de salón para invitarlos a su fiesta -jamás había sido bueno haciendo amigos-. Inclusive no entendía lo que significaba hacer maleta... ¿se iban de vacaciones acaso?
Él sólo miraba la valija vieja que le dio su padre, seguía pensando cómo su cama cabría en esa maleta.
-¿Mamá?
Pedro abrazaba la cintura de su madre mientras picaba las verduras para la cena.
-Papá dice que nos vamos, pero no me dice a dónde.
Su madre, una mujer joven con ligeras arrugas alrededor de sus ojos, los cuales podían distinguirse gracias a un chongo sostenido con una liga desgastada, dejó de picar las verduras; un par de lágrimas bajaron por sus mejillas mientras miraba a su hijo, a pesar de ello, ella sonreía.
-Mamá... ¿estás picando cebolla?
Laura secó sus manos con su mandil, dejando las zanahorias tras de ella y limpió sus mejillas.
-Si, hijo.
-Papá dice que nos vamos a mudar, pero no creo que quepa la cama en esa maleta.
Laura acompañó a su hijo a su habitación para ayudarle a acomodar su ropa.
-¡Pero mamá! Eso no es importante.
Repelaba Pedro mientras su madre guardaba su saco aburrido que le regaló la abuela.
-Puedes necesitarlo algún día.
-¡Pero así no va a caber la cama!
Laura miró a su hijo, miró la cama, miró la maleta y sonrió; bajó a la cochera y tomó el serrucho de la caja de herramientas de papá que nunca usaba y subió de nuevo por las escaleras a la recamara de su hijo.
-Ven Pedro, ayúdame.
Ambos voltearon la cama y mamá cortó las patas de la cama, las acomodó en la valija y cerró los seguros.
-Mira Pedro -decía Laura sosteniendo los hombros de su hijo-, a donde vas a ir habrá una cama...
-¡Pero me gusta la mía!-interrumpía su hijo.
-Lo sé -mamá presionó suavemente los hombros de Pedro para calmarlo-, pero habrá otra cama, la cual también será cómoda... pero, si llegas a extrañar la tuya, sólo tienes que sacar las patas de la maleta, abrazarlas y pedirles con todo el corazón que tu cama vaya a ti... así ella viajará hasta donde estés...
-¡¿No importa que vaya al fin del mundo?!
Los ojos de Pedro brillaban con inocencia y emoción sincera.
-No, no importa a dónde vayas, ella siempre irá a ti.
Dicho esto, Laura abrazó a su hijo con fuerza.
-Mamá... ¿tus manos huelen a cebolla?
Laura secó sus lágrimas y aguantó la respiración para poderle contestar.
-Si hijo... huelen a cebolla.
iRazu*
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