domingo, 3 de junio de 2012

Purgatorio

Soledad, nostalgia, melancolía, penitencia....

... sólo eran algunos de los pésames de la casa ubicada al fondo de la calle; las paredes carcomidas por el tiempo, los barrotes oxidados se disolvían en la tierra, transformándose en abono para la maleza y las flores silvestres para luego convertirse en alimento de gusanos por la tarde.

La casa, a pesar de ésto, hoy no se sentía abandonada, tenía visitas después de años de agonía. En su interior, Irazu merodeaba por los pasillos, estaba realmente inquieta puesto que ya se había acostumbrado a la tranquilidad y a las tormentas que sólo se daban en el exterior, más nunca entraban; era justo eso, la costumbre a que no pasara absolutamente nada y, en esos instantes, tener visitas, pasantes que no eran desagradables, pero que si le alteraban.

Aquella semana, se había instalado un huésped un tanto especial y que, tras su llegada, también vinieron vistas anheladas.

Esa tarde, la actividad se había centrado en el ático, como en la mayoría de los días anteriores, ambas chicas permanecían en silencio, sin mirarse; Dolores sentía cierta tensión que su acompañante ignoraba.

-Los pecados...- la huésped se atrevió a romper el silencio con un susurro apenas audible.

-¿Disculpa?

-Es la maldición que persigue a tu familia.

-¿Los pecados?

Dolores se atrevió a mirar la espalda de Rapunzel, los rayos del sol que entraban por la única ventana se mezclaban con las puntas de su cabello, atreviéndose a rozar sus desnudos hombros.

-Elisa me contaba- su voz frágil se rompía cada que la mencionaba- que su abuela creía de manera ferviente que cargaba consigo un gran pecado... de tal magnitud que sus hijos también cargaban con éste.

Dolores miró sus manos, la figura que marcaban sus líneas, la muerte que siempre persigue a los mortales se encontraba entre el abismo que se generaba en el hueco de su palma y el tiempo que se escapaba de entre sus dedos.

-Limpiar los pecados con sangre... ellos decían: tu abuela y tu padre.

Rapunzel se hospedaba en el ático de aquella abandonada morada, recibía las visitas constantes de Dolores quien escuchaba atenta su palabra; siempre que ella regresaba a casa, meditaba, miraba a María borracha y llenar la casa de humo, y ella meditaba...

Los pecados...

***


Era como fuego que danzaba en sus manos, hilos rojos se enredaban entre sus dedos nerviosos.

¿Le gustara? ¿Lo verá como una ofensa?

Dolores no dejaba de preguntarse la efectividad de su plan, no podía calmarse.

-¿Me llamaste?

Dolores pegó un brinco al escuchar la voz de Rapunzel detrás de ella, se escuchaba más alegre que otros días, lo cual la inquietaba más -a Dolores-, que no se atrevía voltearse y enfrentarla.

-¿Qué sucede?- Preguntaba inocente Rapunzel.

Podía notarlo con tan solo escucharla, aquel personaje arrancado de manera violenta de un cuento de hadas estaba sonriendo.

Aplacó el fuego con sus manos y giró, Rapunzel sonreía, como una niña, observando la expresión de Dolores, cuando un resplandor en sus dedos llamó su atención.

Era hermosa, tal cual como la recordaba, estaba intacta, brillante, se atrevió a tomarla con sus manos con cuidado, la sensación era como cuando la había adquirido: suave como la seda.

-¿De dónde...?

-Estaba arrumbada en una de las cajas del ático, la había encontrado cuando tenía 11 años...

Rapunzel tomó su peluca, la peino con sus dedos, sinceras y silenciosas lágrimas bajaron por sus mejillas mientras acomodaba aquel accesorio que más que un accesorio era una extensión de su alma, que transformaba su cuerpo.

Cerró los ojos cuando terminó de acomodarla, sintió un calor que recorría cada una de sus venas, como una chispa que se extendía hasta cada una de sus extremidades; un escalofrío, un suspiro...

... se desvaneció...

-Eres libre de tus pecados... descansa Rapunzel y ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte...

***

Dolores se encontraba frente a la puerta de la casa de María, no cargaba maleta alguna; ignoraba las miradas de los vecinos que la reconocían, viejos rancios que desaprobaron su conducta cuando se marchó años atrás. La hija problemática había vuelto, sin alguien a su lado, sin equipaje, sin saber qué había pasado en su viaje.

Nadie tenía idea en aquella cuadra esa tarde, pero ella venía a cubrir la cuenta pendiente que había cargado su abuelo, la deuda que incrementó su abuela, sus tíos, su padre... había regresado a liberar a su madre.

Dolores entró a la casa por la puerta de enfrente...

iraZu*

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