domingo, 24 de julio de 2011

Cáncer

La estancia con mi madre había sido agradable, tal vez porque ya no tenía fuerzas para pelear. Me consintió como siempre: preparando mi comida favorita, arropándome a la hora de dormir, prestándome el coche para salir.
Aunque la verdad, lo del coche era porque necesitaba que la llevara a algún lado. Solo le faltaba que arreglara mi cuarto; pero su debilidad se lo impedía.
Me pidió que me quedara con ella, con sus ojos marrones y su sonrisa cansada. Se sentía sola.
Ambos lo sabíamos, le quedaba poco; el doctor lo había dicho ya.
-Podemos festejar tu decimosexto cumpleaños.
Reía tiernamente.
Sonreí mientras manejaba.
-Pero ya hace un par de meses que paso, mamá.
-Quiero festejarlo.
La miré en el siguiente alto, ni siquiera sabíamos si sobreviviría a mi próximo cumpleaños.

Tomé el teléfono mientras dormía, el tono de marcado me ponía nervioso.
-¿Bueno?
-¿Papá?
Hubo una pausa, en verdad no quería decir aquellas palabras.
-¿Cómo está tu madre?
Me enojaba en parte que él no le marcara para preguntarle directamente. No había podido dirijirle la palabra desde el divorcio.
-Débil.
Ni siquiera me pidió le enviara saludos.
-Papá... me quedaré con ella. El doctor dice que no le queda mucho tiempo; está sola y no hay quien la cuide.
Comencé a llorar mientras hablaba con él.
-Ok, hijo.
-Regresaré... y por favor, no seas grosero con Dolores.

A la mañana siguiente le conté la noticia a mi madre, comenzaron los trámites para la nueva escuela. Pensaba aventarme un año sabático, pero mamá no me dejó.
-Tienes toda una vida por delante.

Mi cumpleaños 18 lo pasé en su cuarto de hospital, con vista a los rascacielos del rumbo; me miraba con ternura como siempre y tomó mi mano.
-Felicidades, hijo.
Cerró los ojos y no volvió a despertar.

/i/r/a/z/u/

jueves, 21 de julio de 2011

Paradas continuas

¿Cuándo subieron? No me había dado cuenta, ni supe si ya estaban ahí cuando subí...
Después de una jornada pesada combinando escuela y trabajo, es hora de ir a casa; pero que el día termine no significa que ya se pueda descansar.
Pasamos horas de nuestra vida en el trayecto a nuestros destinos.
De la casa al trabajo, del trabajo a la escuela o viceversa; de la casa a la escuela o simplemente al lugar de encuentro.
30 minutos, 45 minutos, 1 hora, 2 horas, 3 horas...
¿Cuánto tiempo pasas en el transporte público? ¿en tu coche? ¿en el tránsito endemoniado que siempre es tan puntual?
Solo espero llegar a casa, pero aún hay otra ruta que tomar.
Es cuando me levanto que puedo verlos, sin prestarles tanta atención. Iban en los asientos de atrás, en la esquina de la hilera; después de dos espacios, tres personas se apretujaban al otro extremo.
Ella, short pequeño.
Él, afro esponjoso.
Parecían comerse; el pequeño cuerpo de ella se escondía en la frondosa melena de él. La tocaba con pasión. Bien podría quitarle la ropa y la imagen sería la misma: piernas desnudas y el cuerpo cubierto por esa espuma oscura que salía de la cabeza de él.
Nadie se sentaba en los dos asientos que estaban próximos a ellos. Parecían repeler a todos con una burbuja invisible.
Los pasajeros del otro extremo se notaban incómodos y murmuraban. De vez en cuando los miraban y al notarse observados, cambiaban el rumbo de su mirada para no ser etiquetados como "mirones".
Miré a otra dirección, sintiendo como mis mejillas se calentaban. Los vendedores de biblias se persignaban; la mamá cubría los ojos de su hija e intentaba que no mirara para atrás. El conductor en cada alto intentaba mirar por los espejos ya que había poca gente. Miré de nuevo y creí que el camión se incendiaba.
Afuera llovía, baje y note que había olvidado mi paraguas. La lluvia era fría, pero aún así mis mejillas seguían calientes...

*irazu*

sábado, 16 de julio de 2011

Sótano

Aquella tarde soleada, había llegado una carta, dirigida a la señora del soldado García.
En su interior solo tres palabras...
"Muerto en batalla"
Aquel impacto había destrozado a su mujer, algo totalmente predecible.
Comenzaron los cambios.
Ella retiró sus apellidos y eliminó su nombre, ahora era la "señora García", incluso los vecinos olvidaron como se llamaba antes de la muerte de su esposo.
El sótano, que anteriormente servía como un gran refugio en caso de guerra, se caracterizaba porque estaba repleto de comida y agua potable por cualquier emergencia. La mujer consumió cuanto había ahí. Comida enlatada, procesada; desde embutidos, leguminosas y verduras. Llegaba la pensión mensual, el sótano se llenaba y se vaciaba rápidamente.
Cada que se veía al espejo, cada que caminaba por las calles, se daba cuenta de que pecaba haciendo que los demás pecaran al desear su carne. Por ello comió, su vanidad quedó sepultada ante kilos de grasa y mugre.
En seis meses, había quedado irreconocible.
La casa se volvía cada vez más fría.
En aquel sótano, sobrevivían unas camas sin sábanas, una lámpara y una cruz. Aquel era el lugar para limpiar los pecados de su alma. 
Cuando su alma no fue suficiente, deseo limpiar la de sus hijos.
***
-Mamá ¿qué hacemos acá abajo?
Oscuro, húmedo y frío. A Toño le daba miedo aquel lugar. Jamás había bajado.
La señora García miró a su hijos con lágrimas y luego a la cruz.
-Mírala bien hijo, porque hoy limpiaremos tus pecados.
El niño, que apenas había cumplido 12 años, miró aquel símbolo y luego a su madre.
-Esa niña, es una pecadora.
La señora García dirigió sus ojos a su hijo; aquellos cristales habían cambiado, ahora eran oscuros.
-Y yo no permitiré que mi hijo se vaya al infierno.
-¿Mamá?
-Yo limpiaré tus pecados.
Agarró al niño y lo amarro en la cama, era aún más fría que el sótano.
-Antes que una cualquiera manche a mis hijos arrebatándoles la virginidad... lo haré yo primero.
Toño no entendía aquellas palabras. Pero lo que hizo su madre esa noche, no lo olvidaría nunca.

irazu//

sábado, 9 de julio de 2011

Viuda

Era la casona más grande de la cerrada, impresionante por su tamaño y diseño. El ojo del cíclope, era la ventana circular del ático que se elevaba a lo alto y mostraba su grandeza. Por esta misma ventana, sabían de la existencia de un ático; más nunca de un sótano. Aquella casa tenía las mismas puertas del cielo y del infierno al mismo tiempo.
La propietaria del lugar era muy peculiar de igual manera. Su historia era bien conocida.
Hija nacida bajo un seno altamente católico, casi rayando al fanatismo. Conoció, si así puede decírsele, al amor en un militar.
Se casó muy joven, poco sabía de la vida en pareja. El oficio de su marido ocasionaba largas ausencias. Solo en tres ocasiones conoció el placer sexual con su pareja: la luna de miel y en dos ocasiones posteriores; gracias a ello, dio a luz a tres varones; ya no estaría tan sola.
El esposo era un héroe de la nación quien sacrificó su vida por la patria de su país.
O al menos esta era la historia que los vecinos conocían.

Su tortura comenzó en la Luna de Miel, aferrándose a la sábana la mañana siguiente. Su entrepierna desgarrada por la fricción del acto sexual. Jamás creyó que aquello fuera tan perturbador y más porque viniera del hombre que más amaba.
Su pretexto era simple: la amaba, ya había aguantado tanto y deseaba tener esa experiencia ya con ella porque pronto se iría a misión. La negativa de ella y la fuerza de él provocaron una guerra dónde el más débil perdió.
A pesar del odio, ella siempre le fue fiel. La segunda noche no fue distinta. Había regresado tarde, borracho por la presión que tenía por la misión. Aquellas batallas eran cada días más desgastantes y solo buscaba desahogo en una mujer; aquella noche, le tocaba a su esposa después de 6 largos años.
Para ella era difícil ver en el rostro de sus hijos a su marido; eran tan idénticos a él físicamente, que llegó a odiarlos.

Para lo vecinos, era una "mujer luchona". Quien cuidaba con amor y cariño a sus dos pequeños y lograba salir adelante con la ausencia del jefe de la familia. Eso sí, económicamente, nunca les faltó algo; el sueldo de un militar siempre ha sido generoso.
Tal vez lo que impactó tanto en este personaje, es que siempre fue fiel. Y en verdad lo era.

3 años después del nacimiento del segundo hijo, el militar regresaba a casa.
Ella tenía miedo, se encerró en su recamara, arrinconada entre el buro y la pared. Su pareja tuvo que forzar la puerta para encontrarla como un animal asustado. Se inclinó y acarició su rostro.
-Perdóname...
Más lágrimas brotaron y lo abrazó. Le temía, pero le amaba; deseaba no verlo, pero le hacía falta. Necesitaba sentirse amada, algo que no pasó desde que intercambiaron votos en el altar.
-He visto cosas, que me han hecho pensar... perdóname, por favor.
¿Eso bastaba? ¿un par de palabras para que cediera? Pero en verdad algo había pasado. Fue gentil, cariñoso, amoroso. Y ella al fin logró disfrutar aquello que tanto miedo le causaba.

Al día siguiente volvió a partir, prometiendo que sería la última vez que saldría a misión. Y así fue; murió en batalla.

sábado, 2 de julio de 2011

Sonrisas

Afuera llueve,
como si las nubes lloraran...
aunque no parecen tristes,
en cada caída hay una tonada.
Es suave la melodía,
sin ritmo ni rima;
y aún así se nota
aquella peculiar alegría.
Hoy llueven gotas saladas,
pero endulzadas con agua de río.
Hoy llueven risas melancólicas
que tiñen de azul los suspiros.
Si miro las rosas, bañadas en rocío
y me acerco a ellas para oír sus susurros;
puedo escuchar claramente tu risa,
limpia y clara como agua de río.

irazu

La espera terminó

Hoy, querido lector, te invito a que abras la puerta a las memorias que han acompañado mis noches eternas, las noches de muchas y la...