Después de una jornada pesada combinando escuela y trabajo, es hora de ir a casa; pero que el día termine no significa que ya se pueda descansar.
Pasamos horas de nuestra vida en el trayecto a nuestros destinos.
De la casa al trabajo, del trabajo a la escuela o viceversa; de la casa a la escuela o simplemente al lugar de encuentro.
30 minutos, 45 minutos, 1 hora, 2 horas, 3 horas...
¿Cuánto tiempo pasas en el transporte público? ¿en tu coche? ¿en el tránsito endemoniado que siempre es tan puntual?
Solo espero llegar a casa, pero aún hay otra ruta que tomar.
Es cuando me levanto que puedo verlos, sin prestarles tanta atención. Iban en los asientos de atrás, en la esquina de la hilera; después de dos espacios, tres personas se apretujaban al otro extremo.
Ella, short pequeño.
Él, afro esponjoso.
Parecían comerse; el pequeño cuerpo de ella se escondía en la frondosa melena de él. La tocaba con pasión. Bien podría quitarle la ropa y la imagen sería la misma: piernas desnudas y el cuerpo cubierto por esa espuma oscura que salía de la cabeza de él.
Nadie se sentaba en los dos asientos que estaban próximos a ellos. Parecían repeler a todos con una burbuja invisible.
Los pasajeros del otro extremo se notaban incómodos y murmuraban. De vez en cuando los miraban y al notarse observados, cambiaban el rumbo de su mirada para no ser etiquetados como "mirones".
Miré a otra dirección, sintiendo como mis mejillas se calentaban. Los vendedores de biblias se persignaban; la mamá cubría los ojos de su hija e intentaba que no mirara para atrás. El conductor en cada alto intentaba mirar por los espejos ya que había poca gente. Miré de nuevo y creí que el camión se incendiaba.
Afuera llovía, baje y note que había olvidado mi paraguas. La lluvia era fría, pero aún así mis mejillas seguían calientes...
*irazu*
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