No recuerdo el día exacto en el que llegaron,
tampoco recuerdo que hayan llegado juntas; eran tan parecidas respecto a las
líneas de las palmas de sus manos, sus pies parecían haber sido esculpidos por
el mismo artista, pero sus sonrisas eran distintas.
Mientras el semblante de una era más tranquilo,
como el de un pequeño ratón que acaba de nacer y olfatea todo con su nariz; la
otra parecía un pequeño tigre, el cual había sido arrebatado de su hábitat:
Rugía y lanzaba zarpazos cada que tenía oportunidad, escupía veneno de su boca
sin temor de quién le escuchara, gruñía en un intento de sentirse poderosa, de
sentir que podía defenderse sola; así era ella.
No recuerdo que hayan llegado al mismo tiempo y,
sin embargo, desde que tengo memoria, han estado siempre juntas; protegiéndose
mutuamente ante los actos de afuera, ante las palabras, los golpes, los relámpagos;
siempre que miraba adentro, ahí estaban ellas, abrazadas, dándose cariño,
jugando... riendo.
Me habían permitido ser parte de ellas, o yo
permití que fueran parte de mí. Cada soledad, cada abismo, cada momento de
ansiedad, sabía que no estaba sola y, aún perdiéndome entre seres que me
demostraron no ser nada, ellas seguían ahí, a pesar de haberlas ignorado. Me
protegieron, me dieron asilo, me permitieron formar parte de ese abrazo que
tanto envidié, se volvieron mis sueños, mi voz, mi fortaleza; se volvieron algo
más que dos muñequitas de porcelana con vestidos elegantes, con heridas que
contaban una vida triste, se volvieron más que dos niñas que juegan a ser
siempre niñas para no perderse a sí mismas.
Jamás creí que un día como aquel llegaría, el día
en que mi miedo, mi frustración y mi ira las lastimaría. Aquella criatura
oscura con garras mal afiladas había sido azotada, sus muñecas estaban clavadas
al suelo, su cabeza reventada, su vientre no daría más vida y su pecho se
congelaba. Había sido una masacre, una de la cual me arrepiento.
No importa cuantas veces le pida perdón,
abrazando su pequeño cuerpo, implorando por su despertar ante su semblante
roto, ella no responde; ella está gris frente a nosotras, inerte, callada, no
respira, no grita, no llora, no se enoja. Ella no hace más que quedarse quieta
y volverse más oscura y no podemos despertarla, no hay manera.
La ratoncita sigue cuidando a la tigresita, no se
separa de ella en ningún momento… y puede que me encuentre en otro lado últimamente
y me muestre distante, pero es que le he perdido, le perdí y todo por dejarme
llevar por sentimientos que dominaron mis pensamientos, todo por un miedo
tonto.
Hemos hablado de crear una pantera, pero no será
igual, no llenará jamás ese vacío que se ha generado en nosotras, pero tampoco
podemos esperar hasta que resucite, a pesar del deseo de verle de pie cada
mañana, sonriendo, insultando a todos... porque, a pesar de dominar los tonos
pastel en aquel circo absurdo, eran sus garras los que nos mantenían de pie,
porque su juego infantil era el más astuto y cruel que nos defendía, era un
conjunto de colores ácidos que nos llenaba incluso de alegría... porque el que
fuera maléfica no significaba que no fuera una niña, una niña asustada que ya
no respira...
... perdóname.
Anoche perdí un fragmento de lo que fui…
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