jueves, 2 de agosto de 2012

Petite

No recuerdo el día exacto en el que llegaron, tampoco recuerdo que hayan llegado juntas; eran tan parecidas respecto a las líneas de las palmas de sus manos, sus pies parecían haber sido esculpidos por el mismo artista, pero sus sonrisas eran distintas.

Mientras el semblante de una era más tranquilo, como el de un pequeño ratón que acaba de nacer y olfatea todo con su nariz; la otra parecía un pequeño tigre, el cual había sido arrebatado de su hábitat: Rugía y lanzaba zarpazos cada que tenía oportunidad, escupía veneno de su boca sin temor de quién le escuchara, gruñía en un intento de sentirse poderosa, de sentir que podía defenderse sola; así era ella.

No recuerdo que hayan llegado al mismo tiempo y, sin embargo, desde que tengo memoria, han estado siempre juntas; protegiéndose mutuamente ante los actos de afuera, ante las palabras, los golpes, los relámpagos; siempre que miraba adentro, ahí estaban ellas, abrazadas, dándose cariño, jugando... riendo.

Me habían permitido ser parte de ellas, o yo permití que fueran parte de mí. Cada soledad, cada abismo, cada momento de ansiedad, sabía que no estaba sola y, aún perdiéndome entre seres que me demostraron no ser nada, ellas seguían ahí, a pesar de haberlas ignorado. Me protegieron, me dieron asilo, me permitieron formar parte de ese abrazo que tanto envidié, se volvieron mis sueños, mi voz, mi fortaleza; se volvieron algo más que dos muñequitas de porcelana con vestidos elegantes, con heridas que contaban una vida triste, se volvieron más que dos niñas que juegan a ser siempre niñas para no perderse a sí mismas.

Jamás creí que un día como aquel llegaría, el día en que mi miedo, mi frustración y mi ira las lastimaría. Aquella criatura oscura con garras mal afiladas había sido azotada, sus muñecas estaban clavadas al suelo, su cabeza reventada, su vientre no daría más vida y su pecho se congelaba. Había sido una masacre, una de la cual me arrepiento.

No importa cuantas veces le pida perdón, abrazando su pequeño cuerpo, implorando por su despertar ante su semblante roto, ella no responde; ella está gris frente a nosotras, inerte, callada, no respira, no grita, no llora, no se enoja. Ella no hace más que quedarse quieta y volverse más oscura y no podemos despertarla, no hay manera.

La ratoncita sigue cuidando a la tigresita, no se separa de ella en ningún momento… y puede que me encuentre en otro lado últimamente y me muestre distante, pero es que le he perdido, le perdí y todo por dejarme llevar por sentimientos que dominaron mis pensamientos, todo por un miedo tonto.

Hemos hablado de crear una pantera, pero no será igual, no llenará jamás ese vacío que se ha generado en nosotras, pero tampoco podemos esperar hasta que resucite, a pesar del deseo de verle de pie cada mañana, sonriendo, insultando a todos... porque, a pesar de dominar los tonos pastel en aquel circo absurdo, eran sus garras los que nos mantenían de pie, porque su juego infantil era el más astuto y cruel que nos defendía, era un conjunto de colores ácidos que nos llenaba incluso de alegría... porque el que fuera maléfica no significaba que no fuera una niña, una niña asustada que ya no respira...

... perdóname.

Anoche perdí un fragmento de lo que fui…

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