Rompió la puerta de su oficina casera de un portazo. Miró la entrada con enojo y no se arrepintió; apretaba sus puños, sus orejas estaban rojas, parecía que explotaría en cualquier momento.
Agradeció que su esposa no estuviera en casa, la atacaría de preguntas tontas y no lo soportaría. Tampoco quería preocuparla, no es que la amara, de hecho no la amaba. Solo se casó por lástima, por querer arráncarse a esa niña de la cabeza, de sus sueños húmedos... a este punto, ya ni sabía por qué se había casado con ella.
Se tumbó en su silla reclinable de membrillo, cerró sus ojos e intentó relajarse. Sacó del estante una botella de whisky y se sirvió un cuarto de vaso que bebió de un solo jalón. Sintió como ardía en la garganta y se calmó.
Miró aquella oficina, probablemente era de su padre antes de que muriera, siempre se perguntó cómo era él. El ardor en su estómago le hizo recordar aquella mañana, el vaso en sus manos se rompió por la presión que ejercía en el, enterrándose pequeños vidrios en su mano.
No le importó, su odio podía más.
Su esposa llegó antes de la hora de la comida y lo encontró sangrando, preocupada fue a atenderlo; siempre había sido fiel, siempre tan buena, tan servicial, tan sumisa.
Él acarició su rostro mientras ella lo curaba. Era joven y bella a pesar de las ojeras debajo de esos ojos oscuros; la miró detenidamente y seguía preguntándose por qué no podía sentir lo que sentía por otra, por qué no podía desearla tanto, por qué no era ella.
Su mujer comenzó a limpiar el lugar después de vendar la herida, pero él no la dejó. La tomó del rostro y la tumbo al suelo entre pequeños vidrios, gotas de sangre y olor a whisky.
No aguantaba, sabía que no era ella, pero no podía más. Su deseo era tanto, que dolía; era ese dolor que uno no aguanta.
Ella temblaba, lo amaba, sabía que él no a ella. Sin embargo, permació a su lado desde que eran unos niños, aún después de aquel incidente en el sótano. A pesar de las amenazas de su padre, del llanto de su madre, ella siguió ahí para él.
Tal vez en un tiempo ellos dos pudieron haber tenido una oportunidad, tal vez las cosas serían completamente diferentes de no haber sido por ese ser que él llamaba madre. O quien sabe...
La tomó con fuerza, salvaje. Quería sacarla de su cabeza, de su alma, de su almohada. Quería alejar ese pensamiento que tanto lo atormentaba.
La quería fuera de sí, quería que lo exorcizaran, quitársela desde donde estaba, enterrada en sus más profundos y entrañables deseos... no podía, lo único que le quedaba al alcace era desgastar su ira con su mujer. La miró agotada, sudada, temeroza porque sabía que el no sentía aquello que demostraba por ella. La abrazó en un intento amable de agradecimiento; sintió cómo lloraba silenciosamente, no merecía ello, pero había elegido permanecer a su lado.
irazU
Cada cabeza es un ático, en donde se guardan recuerdos y fantasías, todo un mundo. Cada uno es distinto y muestra matices sorprendentes. Éste es el ático de aquel gato negro escondido, celoso del sol que acaricia su piel cada mañana, aquel que solo le cuenta a la luna sus miedos y anhelos...
miércoles, 28 de septiembre de 2011
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