viernes, 7 de octubre de 2011

Crédito

Había aceptado tomar un crédito porque me sentía segura y respaldada, papá dijo que me apoyaría y me respondería mis dudas. Así que agarré mis tiliches y me aventuré una vez más, confiando ciegamente de nuevo.
Todo parecía estar bien, adelanté mis pagos y hasta pagué un poco más para sentirme de esos que nunca se atrasan y por lo tanto no se estresan.
Luego vinieron los problemas con el famoso sistema y la falta de comunicación entre los departamentos. Intenté manejarlo por mi propia cuenta.
Papá terminó acudiendo a las oficinas para defenderme, porque me estaban haciendo tonta.
Eso, fue uno de los primeros conflictos que tuve.
Más tarde, mi desorganización me hizo pasar por alto un pago que no noté que hacía falta, me enteré ocho meses después y la cartera tuvo un bajón algo significativo. Aún así no permití que me desanimara.
Pero tiempo después, mi padre ya no estuvo para asesorarme ni explicarme, los cálculos no salían. Mandé correos pidiendo información, realicé llamadas sin respuesta alguna y asistí con insistencia con alguien que tuviera el nexo con la organización; me dio una cantidad, hice el pago, luego papá llama diciendo que es otra, y al fin recibo un correo en donde dice que aún hay otros pendientes y las tablas que me manda son códigos extraños para mí.
De pronto me siento sola, abandonada. Es hora de pagar por la inocencia de la que debí haberme deshecho hace tiempo. Nunca debí confiar en las instituciones, ni en quienes las representan, ni en quien prometió resguardarme.
Porque al final de cuentas, uno está solo en todo momento...
Solo me queda esperar que la toalla colgada en el barrote del baño me haga desaparecer, no se darían cuenta, están ausentes desde hace días... pero no funcionó, después de todo.


irazu

1 comentario:

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