Un poco más, un poco más...
La angustia en sus ojos irritados a causa del aire que golpeaba cortante en sus ojos.
¿Dónde? ¿Dónde?
¡DEMONIOS!
¿DÓNDE ES?
Se detuvo al final de la calle para recuperar el aire, sostenido en sus rodillas que temblaban. No se atrevía a mirar atrás, no sabía cuanto había avanzado, cuanto se había alejado de casa.
Tenía miedo, solo pensar en su madre le ponía los pelos de punta.
No puedo detenerme.
Miro a su espalda, la calle a las 10 de la noche estaba desierta. No reconocía el barrio, siguió caminando. No por inercia, no por la necesidad de reconocer el lugar, solo por seguir adelante. Más al fondo, ya no había luces, solo alumbraba la luz de la luna. No podía ir atrás, estaba su casa; no podía quedarse ahí, ella lo encontraría... solo quedaba avanzar.
Hacía frío, hambre, estaba cansado. Lo peor de todo es que aún no podía sentirse libre. Le embargaba la culpa por haber dejado a Toño solo. Miró de nuevo atrás, nadie lo seguía.
Una puerta se abrió y salió un joven con una bolsa grande llena de basura. Se quedó mirando al chico a mitad de la calle.
Jorge miró al extraño hasta que logró reconocerlo. Corrió a él llorando, buscando un refugio que jamás encontró. Lloró como nunca antes lo había hecho.
Lloró por los golpes, por los abusos, por las caricias que no quería sentir, por el sudor ajeno y el aroma que se impregnaba en su cuerpo; ese olor a drenaje y aguas negras.
Continuará...
No hay comentarios:
Publicar un comentario