La espuma de mar rozaba la arena, Pedro, que tan sólo tenía 10 años, corría a las faldas de su madre chillando, la amaba pero, siempre que se acercaba, las olas se disolvían en su manos.
-Yo la amo- repetía el pequeño-, la quiero solo para mí.
Decía refiriéndose al mar, a sus olas, a su espuma.
Su madre abrazaba a su hijo, lo alzaba en el aire y lo llenaba de pequeños besos y mimos.
-Algún día hijo- le decía-, tu amor será correspondido.
Mienrtas ella, por dentro, se preocupaba porque su hijo fuera herido de gravedad en el alma, rezaba porque aquello fuera sólo una etapa.
Los años pasaron y el niño crecía, volviéndose joven, volviéndose adulto.
Todas las tardes Pedro, hecho un hombre, miraba el mar; el suspiraba y sonreía, le encantaba sentir la brisa salada en su rostro, imaginaba las olas acariciando su piel, abrazándolo. Muchos años había permanecido así: siendo un observador, alguien que admira la belleza e inmensidad de aquello que desea, era lo único que necesitaba para ser feliz, permanecer con el solo hecho de observar, pues nunca se atrevió a pasar de sus faldas.
Una tarde tranquila miró como una niña se acercaba a la orilla, el sonreía mientras se decía.
"No podrás, es caprichosa..."
Refiriéndose a la espuma de las olas.
"... orgullosa."
Disfrutaba ver a la niña correr mientras las olas golpeaban la arena.
"Intimidante."
Él sabía que era pequeña cosa para ella.
"No te la mereces."
Sin embargo, Pedro abrió los ojos y la boca, llenándose de incredulidad, al ver cómo ese pequeño ser se zambullía, hundiendo sus pequeños pies en la arena para sostenerse y abrasar la espuma. Aquella niña había profanado a ese ser sagrado, a su santa, al ser que adoraba.
"Tiene que ser castigada... la rechazará, MI mar rechazará a esa ilusa."
Las risas rompieron los pensamientos de Pedro, la infante era golpeada por las olas, el choque con su cuerpo parecía una melodía, como si el mar riera también, mientras que la espuma se impregnaba en su cuerpo y la piel la absorbía, volviéndose una.
Pedro se llenó de rencor, su amada lo estaba engañando, su caprichosa, a la cual le había dedicado toda su vida, la estaba dando los lujos a una insignificante niña.
***
El grito de una madre alertó a la guardia, un hombre presionaba el frágil cuello de una niña, la pobre, pequeña e indefensa, no puso resistencia. Él fue condenado a la silla eléctrica, llevándose a la tumba sus celos ya que, aún en el umbral de la muerte, la niña sonreía y el mar le besaba sus blancos pies.
irazu*
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