jueves, 8 de marzo de 2012

Despedidas

Supongo que las despedidas son siempre dolorosas, el paso del tiempo también lo es; nos cuesta, o al menos a mi me ha pasado, entender que todo tiene un cambio y más cuando llegamos a un punto agradable, el anhelado y, creemos con tal inocencia, que va a mejorar. A veces sucede, en otras ocasiones no es así.
Es ahí donde se generan los conflictos, que si quiero que todo siga igual, que la intensidad de la sonrisa permanezca siempre presente, que aquella canción nos provoque mariposas en el estómago cada vez que la escuchamos, tener la sensación de aquella primera vez. Pero de pronto todo se vuelve una ilusión y queda en el pasado, hay casos tan extremos que uno duda de si pasó o no ¿qué fue de todo aquello? De las cenas de navidad en casa de los tíos, los primos jugando ilusionados, los amigos que decían "nunca nos vamos a separar" y los amores por los que decías "éste es el indicado", la buena racha en el trabajo, la estabilidad... vaya, los buenos tiempos, en palabras resumidas.
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Miro la ventana y no me canso de hacerlo, esperando que al final de la calle entre caminando su silueta, a pesar de que ya no está conmigo. A veces solo añoro las pequeñas palabras sin sentido a la hora de la cena, un apretón de manos, cosas insignificantes, pequeños detalles, que ya no estarán presentes.
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¿Cuántas lágrimas se han derramado en las noches? 
¿Cuándo dejó de doler?
 ¿Cuándo dejó de importar?
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La cama está fría y me pregunto tantas cosas, abrazó la almohada e inundo mi nariz en la funda blanca, asfixia y me quedo quieta, me siento frágil como un bebe, perdida como una adolescente, ignorada como una esposa a los 56 años, aturdida como anciana que ha olvidado donde dejó su collar de perlas inexistente. Quiero... quiero tantas cosas que no se dónde estoy parada.
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Entender cuesta tantas despedidas, dolores, suposiciones. Que si no importo, que si ya no hay cariño, que si se quedó todo en el olvido. Pensamientos que envenenan el alma que, si uno se descuida, transforma el diamante más puro.
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Los rayos del sol acarician la piel que no cubre la seda, afuera hay un día exquisito, lleno de colores y aromas, sabores embriagantes provocados por el crujir de las hojas al ser pisadas en otoño. No vale la pena desperdiciar aquel manjar, no lo vale.
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Es curioso, y chistoso a la vez, que a pesar de que me he vuelto una nómada me cuesta, ahora más que nunca, entender del por qué me duele, del por qué no acepto esos cambios, que quiero que las cosas sigan como están. Aún miro la ventana esperando una respuesta, una que hasta yo misma se no se dará; y es que para mi era lo más preciado que tenía en la vida y ya no está, se que en parte fue culpa mía, cambié y me dolió, me amargué y eso generó consecuencias, lo sé.
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El sol ha muerto como cada atardecer, el rojo del cielo se hace tenue y hacen acto de presencia las estrellas, ellas juegan y realizan actos de acrobacia las mires o no; hacen magia, una función distinta cada noche, sin importarles si le has perdido la coherencia por tu ausencia en el auditorio.
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A estas alturas, decir adiós fue más fácil que en ocasiones pasadas y, pese a ello, hay otros "adioses" que cuestan, que duelen... pero supongo que ya no es mi lugar, si lo fue en su momento y, como en todo, llegó a su fin. Ya fue suficiente de fantasías más extrañas que el mundo extraordinario, de creer que habrá un regreso, de soñar despierta en un reencuentro... lo sé, me cuesta entenderlo, pero lo sé, si nos volvemos a encontrar me ignorarás o tal vez no. Tal vez no te reconozca y no volvamos a cruzar palabra, me ha pasado en tantas ocasiones y se que a ti también te llegará a ocurrir.
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El sueño se desvanece, aquellas siluetas que aparecían por la noche y apostabas que eramos nosotros era una apuesta perdida. Una lechuza blanca se ha posado en mi ventana, ha venido por mi alma por haber desperdiciado el tiempo viviendo en el pasado; no le importan mis objeciones y yo no lucho por dar una mejor impresión, ya no hay lágrimas, ya no hay heridas, o eso creo, y el cuerpo se descompone entre las sábanas mientras el ave nocturna vuela con mi alma, esperando que en mi otra vida no cometa el mismo error.
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Las promesas no duran para siempre, a menos de que el siempre tenga un fin, en ese caso, aún hay esperanza. Aunque creamos que ya nos hemos vuelto sedentarios, habrá una razón más para mudarnos, no es algo malo, las pérdidas no son catástrofes, los tornados no son una desgracia porque crecemos, nos forjamos con cada cambio y los cambios requieren sacrificios, algunos más dolorosos que otros y si tú has sentido tu alma romperse por ello, toma mi mano, no prometo entenderte, porque el sufrimiento es diferente como cada mirada, pero al menos confía en que puedes llorar como un niño o permanecer en silencio hasta que decidas seguir caminando, solo no te detengas.



***Ésta soy yo***

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