lunes, 26 de diciembre de 2011

ellos no perdonan

Entró por la puerta trasera, arrastrando su pesado cuerpo, un rastro carmesí indicaba su camino, lo había logrado, había llegado a la casa, estaba a salvo. Logró mirar como se acercaba su gata y pisaba el charco de sangre, lamía sus patas y la observaba con detenimiento. Sonrió para ambas, siempre quiso ser como Irazu, un ser libre que no dependía de nadie, ni de ella misma; estaba débil, estaba tranquila, ya no le dolía la herida del abdomen, pensó en su madre, en el desprecio de su padre, en el destino de su tío Jorge, en su gatita y en ella... en Rapunzel, su único amor, la única que le enseñó a no dejarse por nadie, aquella que le demostró la palabra orgullo, la había perdido, se la habían llevado y, ahora que sabía quien era el culpable, no podía hacer nada. Se desangraba poco a poco, teniendo en mente solo un rostro.
Rapunzel
***
María no se atrevió a entrar al baño de nuevo, afuera la sirena sonaba aturdiendo a todo el vecindario; milagrosamente logró escuchar como golpeaban la puerta, parecía que la tirarían, ella caminó despacio, tenía miedo, sospechaba quien estaría detrás de todo alboroto, y no se equivocó.
Manuel estaba agitado, pálido, fuera de sí.
-¡¿Dónde está?!
Era un reclamo, entró tajante a la casa y subió las escaleras.
-¡DÓNDE ESTÁ!
María se tumbó al suelo y comenzó a llorar, abrazó su cuerpo y se culpó a sí misma. Arriba se abrían todas las puertas de golpe, una por una, la casa temblaba cada que Manuel se hacía paso. Llegó a la recamara,  la cama estaba desordenada, húmeda, era la primera vez que la usaban, pero él no estaba ahí. Manuel siguió buscando.
Llegó a la puerta del baño, cerrada con seguro, la abrió de una sola patada. Abajo lloraba María.
***
-Por qué no debo amarte?
-Porque somos iguales.
-¿Y eso qué importa? Ni que fueras de mi misma sangre.
-Recuerda esto... ellos no perdonan...

ellos no perdonan


*irazu*

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