martes, 30 de agosto de 2016

Madrugada

Afuera apenas se escuchaba el silbar del viento cuando una pequeña ráfaga se colaba por los callejones, la humedad de la madrugada era tan densa que los gatos buscaba los sitios más altos para poder dormir, las lámparas alumbraban las banquetas jugado con las sombras generando un efecto tétrico en cada cuadra, las ventanas y puertas de las casas se asemejaban a rostros asustados. Cada paso que se daba en la calle Laredo acentuaba ese toque oscuro que tanto lo caracterizaba.

Podría decirse que el exterior era lo único que le ponía la piel de gallina al más ser más valiente, pero eso solo lo presumían aquellos que no habían entrado a la casa número 40 después de las dos de la mañana. Al igual que afuera, adentro se sentía un frío que calaba en las articulaciones de los dedos, los pasos se amortiguaban gracias a la vieja alfombra que recorría los pasillos y escaleras. La casa tenía un recibidor, una sala antigua, un comedor desgastado y al fondo una cocina, si uno subía las escaleras se encontraría frente a cinco puertas de madera, todas iguales en imagen, parecidas en cada defecto o rasgo lo cual ocasionaba incertidumbre.

Pero era la puerta de la izquierda al fondo del pasillo que pertenecía a la recamara principal del lugar, la ventana de aquella habitación daba directo a la calle Laredo, donde se podía ver al final antes del cruce con la avenida principal.

Él estaba sentado en la orilla de la cama matrimonial de estilo inglés, trataba de regular su respiración mientras se aferraba a la orilla del colchón, alzó la vista a la ventana, apenas podía distinguir el contorno de los muebles entre la oscuridad de la estancia con la luz fría que conseguía colarse de la calle. Llevó su mano derecha al pecho mientras sentía como sus pulmones se inflaban, un ligero ronquido se conseguía escuchar gracias a la tranquilidad de la hora. Infló una segunda ocasión sus pulmones con dificultad, el olor a madera podrida le picó la nariz y le provocó un pequeño ataque de tos.

Se encogió en su lugar antes de tomar fuerza y levantarse, aquella posición ya le había cansado. Se acercó a la ventana de modo que empañó el vidrio con su respiración, estaba helando y su cuerpo le señaló la edad con cada dolor en la punta de los dedos, la punzada en la espalda y la resequedad en la garganta, sintió sed pero el dolor de sus manos y rodillas fue mayor, regresó a la cama cubriéndose hasta las orejas, acomodándose en posición fetal para no dejar escapar el calor, cerró los ojos ante el cansancio y dejó salir un suspiro antes de quedarse profundamente dormido.

El viejo reloj sonó anunciando una nueva hora, retumbando en las paredes de la vieja casona número 40 de la calle Laredo, esa casa que sin lugar a dudas da miedo aún siendo de día, deshabitada desde ya hace 25 años. Nadie se imaginaría que la misma escena se repita cada madrugada entre las dos y las tres horas, momento justo cuando el señor Conrado fue presa del tiempo, la soledad y el frío que había encerrado su propia habitación.

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