Sus pequeños pies descalzos se perdían en la húmeda maleza que se alzaba hasta sus rodillas, caminaba con tanta soltura y sin preocupaciones, aquella noche solo era ella y la luna, ella y las estrellas, ella y el cantar de los grillos. Corría con gracia, saltaba de vez en cuando, parecía una bella danza en medio de la nada. Se dejó caer con la espalda en la tierra y sus ojos al cielo, recuperando la respiración que escapó con tanto movimiento.
Inhaló profundamente, sintiendo el aroma a rocío inundar sus pulmones, sostuvo la sensación por un par de segundos y lo dejó escapar lentamente, regresando el aire a la atmósfera impregnada con su esencia, sonrió, sentía que una parte de su alma se alzaba al manto estelar y que al mismo tiempo una parte del universo se había impregnado en las paredes de sus entrañas en ese ejercicio de respiración.
Fue ahí, en medio de la nada, del canto de los grillos, del sonido de su respiración, del latir de su corazón; fue ahí a media madrugada que sintió unos pasos acercarse hasta llegar a su lado; giró ligeramente su cuello para ver a su acompañante, aquella mujer que acababa de llegar miraba al horizonte.
Dejó de mirarla y prefirió admirar el manto nocturno, el cielo comenzó a aclararse y sintió un consquilleo caluroso en a punta de sus pies, seguido de un bochorno provocado por la evaporación del rocío: estaba amaneciendo. Cerró los ojos, prefería la anterior vista, sintió como aquella mujer se sentaba a su lado.
-No llores, el sol no estará ahí por siempre y pronto volverás a jugar con tus amigas las estrellas.
Abrió los ojos para mirar a la portadora de la voz, ambas se pararon y caminaron juntas de la mano, la menor miró a la mayor, si bien le doblaba la edad ella no pasaba aún a la pubertad.
Se perdieron en el valle, solo quedaba maleza, y aún en su ausencia, ambas se sentían en aquel sitio, aquel que al igual que las dos esperaba la salida de la luna para ver a la menor danzar con tanta vitalidad y sentir el amor silencioso de la mayor, solo un par de horas requerían pasar.
Inhaló profundamente, sintiendo el aroma a rocío inundar sus pulmones, sostuvo la sensación por un par de segundos y lo dejó escapar lentamente, regresando el aire a la atmósfera impregnada con su esencia, sonrió, sentía que una parte de su alma se alzaba al manto estelar y que al mismo tiempo una parte del universo se había impregnado en las paredes de sus entrañas en ese ejercicio de respiración.
Fue ahí, en medio de la nada, del canto de los grillos, del sonido de su respiración, del latir de su corazón; fue ahí a media madrugada que sintió unos pasos acercarse hasta llegar a su lado; giró ligeramente su cuello para ver a su acompañante, aquella mujer que acababa de llegar miraba al horizonte.
Dejó de mirarla y prefirió admirar el manto nocturno, el cielo comenzó a aclararse y sintió un consquilleo caluroso en a punta de sus pies, seguido de un bochorno provocado por la evaporación del rocío: estaba amaneciendo. Cerró los ojos, prefería la anterior vista, sintió como aquella mujer se sentaba a su lado.
-No llores, el sol no estará ahí por siempre y pronto volverás a jugar con tus amigas las estrellas.
Abrió los ojos para mirar a la portadora de la voz, ambas se pararon y caminaron juntas de la mano, la menor miró a la mayor, si bien le doblaba la edad ella no pasaba aún a la pubertad.
Se perdieron en el valle, solo quedaba maleza, y aún en su ausencia, ambas se sentían en aquel sitio, aquel que al igual que las dos esperaba la salida de la luna para ver a la menor danzar con tanta vitalidad y sentir el amor silencioso de la mayor, solo un par de horas requerían pasar.
iRazu*
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