miércoles, 21 de septiembre de 2016

Puntos suspensivos...

La noche cayó silenciosa sin preguntarle a alguien si estaba de acuerdo, sin importarle si en ese momento el tiempo de alguien ya se había acabado, si había promesas rotas y sueños destruidos; la Luna se alzó recordándole a los mortales que no se le espera a nadie, ella solo subió y mostró su brillo por encima de las estrellas.

-Supongo que todo termina aquí.

Amanda miraba al cielo, pidiendo no escuchar las palabras que estaba a punto de escuchar.

-Cuídate...

El dueño de aquella voz se levantó dejándola sola en el parque, ella exhalo el aire que estaba guardando desde que se encontraron por primera vez en aquel punto de reunión. Se necesitaron tres semanas para transformar aquella banca descuidada en su lugar sagrado, cada tarde era igual: ella llegaba corriendo sonriendo y él siempre cerraba el libro que leía a su llegada; después de medio minuto de intercambiar miradas de alegría les seguía la risa.

Fueron siete meses de largas charlas, suspiros contenidos, miedos que salieron a la vista, almas que se desnudaban con cada nuevo amanecer. Siempre terminaban de la misma forma, llegaba el atardecer y cada uno se retiraba a su casa, siempre con la promesa de volverse a ver al día siguiente.

Jamás se encontraban antes de la hora acordada ni permanecían en el mismo lugar después de que el sol se escondiera en el horizonte, había sido un acuerdo que pactaron desde sus inicios pero de pronto las horas se volvían insuficientes, las palabras comenzaron a perder sentido y la electricidad comenzó a desvanecerse.

Joel se percató aquella tarde que tomó su mano y el cosquilleo habitual había desaparecido, se culpó a sí mismo, no quería ser quien rompiera la sonrisa de su acompañante... ¿quién era él para soltar el lazo? Así que cada tarde en su encuentro, siempre fue puntual como siempre, pero su voz había desaparecido y Amanda lo notó.

Ella recordó el día en el que él le contó de la flor de su mamá que tiró con su balón de fútbol cuando tenía cinco años y el miedo que había sentido que no le confesó su crimen, había salido de su trabajo cuando vio la maceta en la esquina con un pequeño botón azul, era justo el protagonista de aquella historia y decidió comprarlo.

Joel siempre se había quejado de que ella no prestaba atención al tiempo y se perdía en pequeños detalles que carecían de importancia, por eso cuando ella llegó más tarde de lo habitual a su cita no solo le reprochó con la mirada, no escuchó razones, tomó su libro y se fue, dejándola sola en la banca, con una maceta en la bolsa y un dolor en el pecho que se encajaba en sus entrañas.

Aquella noche había salido a caminar para despejarse, no podía dormir. Cuando se dio cuenta había llegado a la banca donde lo había conocido, recordó su imagen impecable: siempre con un libro en sus manos. El recuerdo cobró vida, él había llegado.

Los dos se sentaron en silencio, preguntándose si había algo por lo que luchar, fue hasta que uno se atrevió a romper el silencio...

-Supongo que todo termina aquí.

Joel se levantó y caminó en dirección contraria dejando a Amanda sola en la banca, solo tardó diez segundos para levantarse y correr tras él, cuando lo alcanzó solo le tomó la mano entregándole el pequeño botón azul.

iRazu*

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