martes, 31 de mayo de 2016

Locura


La palomilla atravesó la habitación de esquina a esquina, el tiempo se había detenido mientras el pequeño bicho danzaba en el aire, toda aquella travesía para llegar a la lampara que estaba a lado del librero.

-Alicia...

Era la quinta ocasión en la que mencionaba su nombre, aunque su profesión le exigía paciencia era una virtud que desaparecía en cada sesión. Atender aquel caso le había afectado de una forma que se negaba aceptar.

La chica seguía observando el aletear del insecto, perdida en los detalles como si aquel momento fuera eterno.

-Alicia.

La palomilla cayó al suelo después de golpear el foco encendido de forma constante, había muerto.

-Doctor... -la paciente dirigió su atención a la mirada de su psicólogo- ¿Qué se debe hacer cuando, aún sabiendo la realidad que me rodea, no quiero aceptarla?

Aquellos ojos azules inexpresivos se volvían un enigma con cada visita, era como si se transformaban en cuanto ella entraba al consultorio y perdían su esencia al salir; él nunca se había percatado hasta que una tarde se la encontró en el mercado rodeada de un aura totalmente diferente al que veía en cada consulta, fue ahí cuando todo comenzó a desmoronarse.

Alicia volvió a mirar en dirección al cadáver del insecto sobre la alfombra.

-Sé que lo que quiero ver no es real, estoy consciente... es sólo que me niego a creer en ella.

El pequeño espejo que colgaba de la pared se rompió en el momento del impacto con el suelo, sus manos rodeaban el pequeño cuello de la niña, su piel ligeramente bronceada contrastaba con la blancura de ella. Sabía que hacía mal, pero eran aquellos ojos azules que lo incitaban a continuar, deseaba presenciar la mirada que había visto afuera, llena de vida, de inocencia, de lucidez; totalmente diferente a la mirada que se hacia presente dentro de las cuatro paredes de su consultorio.

Los vecinos murmuraban cuando la policía se llevó esposado al doctor del departamento 22, su risa había alarmado a los habitantes del edificio, temerosos observaron como sacaban el cuerpo de la paciente de los martes cubierta en sábanas.

Algunos dijeron que él estaba enamorado de ella, otros que su profesión le había safado un tornillo, pero una cosa era cierta, nadie se preocupó de levantar el cuerpo del bicho que se perdía entre la trama árabe de la alfombra.

iRazu*

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