El espejo caía desde séptimo piso, sin que ningún
otro objeto interviniera entre él y el suelo. Miles de diamantes saltaron
cuando las puntas del artefacto tocaron el suelo, destellos causados por el
reflejo del sol se esparcían por la banqueta; nadie se inmutó cuando el
estruendo sonó por la cuadra, nadie se percató de pisar sus restos, el espejo
se volvía polvo bajo las suelas de goma, zapatos que, sin ellos, los pies
descalzos sangrarían.
***
-Salta –le decía la morena a la
pelirroja-, nadie va a extrañarte.
Janis
miró al vacío, sintió la brisa en su rostro, cerró los ojos y deslizó su pie
derecho fuera del marco de la ventana; mariposas en su estómago habían
emprendido un vuelo que terminó convirtiéndose en huracán desde que había
entrado a la habitación y, ahora, destrozaban las paredes intestinales,
queriendo escapar.
-Salta.
Carol no
dejaba de susurrar aquellas palabras, incitando las pecas de la espalda de
Janis a contraer miles de escalofríos, cada que ella hablaba, la otra obedecía,
cada que Carol sentenciaba una orden, Janis sabía que sería su fin.
-...
nadie...
Abrió sus
blancos brazos como el pichón que abre las alas por primera vez y dio un paso
enfrente, deslizándose desde el séptimo piso, era una flama, era fuego que se
extinguía en la caída. Su cuerpo no resistiría aquella adrenalina, orgasmos
disparados por cada parte de su cuerpo, gritos apagados generados por sus
tímpanos, su lengua, entumecida, ardía como su cabello.
-¡NO!
Carol
abrazaba la cintura de Janis, no había saltado, no aún. Sus ojos se encontraron
y comprendieron que no importaba si alguien no las extrañaba, ellas solo se
tenían a ellas mismas, ni la familia, ni los "amigos", ni los
cómplices; ellos solo eran extraños.
Quédate...
Era un
susurro casi inaudible, era una petición que jamás contarían, que era solo de
ellas dos, una promesa que se consumiría en el fuego.
iraZu
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