Sólo era fuego, cálido, tranquilo, era paz, o al menos eso era, antes de que descubriera que jugar con el no era lo más idóneo, antes de que sus llamas me abrazaran y se comieran mi alma, dejando yagas en cada poro de mi cuerpo, yagas que sacaban pus cada que las tocaban; supongo que por ello me volví insensible, no entendía, siempre quería jugar con ese objeto mágico, me gustaba su calor, lo deseaba, sin importar el dolor, yo lo buscaba.
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Se había vuelto adictivo, la sensación de la llama en mis labios, el calor sofocante en mi rostro y el sabor a gasolina, supongo que intentaba llenar algún vacío, algún hueco, tal vez me sentía rota, pero el calor despejaba mi mente. Recuerdo que, cada noche, en cada esquina, mientras escupía la flama, mi mente viajaba, se perdía en esos tonos naranjas, mis pestañas se quemaban y cada noche, cada semáforo, perdía mi rostro.
Por la madrugada, solo me acompañan los bichos, se escucha como los grillos cantaban mientras los demás los ignoraban; también consigo escuchar los pasos de las cucarachas por el asfalto, que terminan siendo atropelladas por alguna llanta asesina; supongo que es así, ser un mosquito, un bichito que husmea en la oscuridad y pica la pierna, la mas descuidada y, más tarde, picar hasta los más precavidos.
Por la mañana, el fuego deberá descansar, ya no hay poderes curativos que calmen las heridas, la piel se vuelve frágil cada que la antorcha se prende, supongo debo cambiar de actividad. Me duele, me duele pensar en las cicatrices, me duele recordar sus orígenes, me duele dentro, muy dentro, es como si nunca hubiera una cobija que la proteja, esa alma marchita. Mañana por la mañana... mañana, mañana una nueva arma que me proteja al mismo tiempo de la tempestad.
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El fuego ha sido cambiado por algo más corrosivo, más tangible, si no me crees, pregúntale a mis pies, que se cortan cada que un vidrio roto se entierra entre los dedos, cada tramo en el suelo me permite viajar, sentir los pies ligeros, tanto que creo puedo volar al finalizar mi acto.
Quiero caer, caer en el vacío de la mirada que nunca me atrevía enfrentar; por eso corro, por eso no regreso, jamás volveré, sin importar cuantas lágrimas más la Luna ha de derramar.
*i*r*a*Z*u*
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