La luz de la Luna iluminaba su espalda, aquellos lazos de luz plateada formaban pequeñas cascadas que caían por sus caderas. Blanca, pálida como las estrellas y diminuta como las esporas del diente león: así eran los poros de su piel. No podía más que observarla mientras se agotaba la noche, deseando que el amanecer jamás llegara.
Se agitó entre sueños, me pregunté por las imágenes de su cabeza; su nariz se arrugó en un puchero infantil y abrazó su almohada antes de acomodarse nuevamente. No me atreví a despertarla, no quería interrumpir sus fantasías; lo único que me molestaría es que una pesadilla se asomara en aquel valle de burbujas.
Regresó el ritmo tranquilo de su respiración y suspiré, no había monstruos que la atormentaran.
La brisa helada de la madrugada me recordó la hora, pronto saldrá el Sol para calentar las gotas de rocío. Abracé tu cuerpo al mío deseando que aquel momento no terminara, quería tenerte así, a mi lado, frágil muñeca de porcelana. Fue en ese instante que no supe que anhelaba más: si tu espalda desnuda bajo la luz de la Luna o tus ojos penetrando mi alma; sumergí mi nariz en tu cabellera mientras me respondía a mi misma. Un escalofrío de tu parte justo cuando acerque mis labios a tu oreja solo para poder susurrarte aquello que te digo en mi valle de ilusiones, aquel que visito cada vez que te extraño, un mundo que deja de existir cuando entras a mi habitación, porque en aquel lugar guardo nuestros mas añorados recuerdos, ese acuario de momentos tuyos y míos.
Tu sonrisa sale a la par del Sol, abres tus ojos con la misma pereza que abres las cortinas después de levantarte. Me observas y se que me deseas, no es necesario preguntar, comparto el mismo sentimiento; no suelto tu mano, prometo tenerte a mi lado, dedicarte mis desvelos y entregarte mis memorias.
iRazu*
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