jueves, 31 de julio de 2014

Cáncer


La brisa atravesaba los poros de mi piel quemada, más que refrescante era doloroso. Tal vez por ello no dejaba de dar pequeños saltos desde el lugar del que observaba; estaba en primera fila para ver aquel espectáculo por mi propia cuenta, ahí frente a la nada, sola...

Lo miré de reojo sin sentir culpa, ahí estaba él, mirando de frente con ese semblante serio del que no se ha podido deshacer desde que nos encontramos. Decidí regresar a mirar al inicio, no le daría el gusto de descubrirme observándole; reí en mis adentros, supongo que aquella imagen me divertía tanto ya que preguntó por mi sonrisa, cerré los ojos y bajé el mentón como respuesta, esa era la señal de que no debía preguntar más. Nuevamente quedamos en silencio.

Un dolor en mi garganta bajó al estómago, nuevamente esas punzadas en la cabeza habían regresado y nublaban mi vista; había dejado de preguntarme el origen... me estaba muriendo, eso era claro y no podía hacer otra cosa que mirar lo que mi vista periférica me permitía. El frío era intenso cada vez más, me abracé fuerte, haciéndome pequeña en mi lugar.

Es una mentira que tu vida pase a través de tus ojos, si bien en ese momento no medité sobre quien era el culpable de aquella situación.

No fueron las palabras de desprecio de mis compañeros de trabajo, ni las miradas lastimeras de los vecinos; me atrevo incluso a decir que no fue la negligencia de los doctores ni las horas eternas en la sala de espera a lado de aquella mancha de sangre que tenía poco de haber vomitado. No fueron tampoco ni una sola frase de rechazo que salían de las bocas de aquellos a quienes me atrevía a confesar mis sentimientos ni aquellos constantes asaltos en mi ciudad natal.

Quisiera atreverme a decir que fueron los sermones de mi padre al no ver los resultados que el deseaba o aquella caída en las escaleras después de la cachetada inocente que me dio mi madre aquella mañana; si bien ese golpe fue el que originó el tumor, o eso se sospecha, no fue ni la décima causa de mi futuro descansar.

Yo ya estaba muriendo día a día, cada semana con aquella infernal rutina, ocasionando que los dolores se volvieran más intensos. Dolía levantarse cada mañana sin un propósito, dolía el tráfico para cruzar la ciudad, dolía la indiferencia que generaba al estar rodeada de tanta gente así como el pasar de los segundos.

Aquella mañana que sentí como punzaba la cabeza creí que era normal, el estrés del trabajo, mis malos hábitos de saltarme la comida y las horas de sueño tenían que cobrarme la factura tarde o temprano. Pero supongo que dejó de ser normal aquella tarde que me desmayé.

La tomografía descubría un pequeño tumor que se había enraizado en la parte baja de mi nuca... <<Algún golpe sería la causa>>. Me encogí de hombros y reviví mi niñez solo para mi. No fui una niña maltratada, mi familia era como las demás. Cuando ellos se enteraron de la noticia no dejaron de llorar en toda la semana, aquello era desagradable.

El tratamiento era desgastante, no solo consumía mi cuerpo y mis fuerzas, también estaba arrebatándome el alma. Ahora no solo era la rutina, dolía también respirar, parpadear, alzar los brazos... estaba cansada.

***

El día que dejé la casa fue cuando realmente comencé a vivir, aquellos cielos que me abrían paso no los había visto ni en mis sueños; aquellas fragancias, las texturas, todo se volvía tan diferente. Había caminado un largo camino cuando nos encontramos, él se veía tan despreocupado y presumido, pero con el tiempo su semblante cambió a uno más serio, la mirada que me dedicaba empezaba a llenarse de preocupación cada despertar... el cáncer me estaba alcanzando.

Aquella mañana le había pedido que me llevara a aquel lugar del que tanto hablaban en los alrededores, acepto que temí decepcionarme con ver la fotografía de una postal más, pero vaya asombro, no se le podía comparar a nada.

Aquel rojo atardecer era tan real que olía a ladrillo, las estrellas de aquella noche brillaban tanto que puedo jurar escuchar su tintinear... y este amanecer, habíamos permanecido todo un día y una noche para poder presenciarlo, tenía un frío rocío que calaba al grado de hacer arder mi alma. Aquel lugar dolía en todos los sentidos.

Suspiré en el momento previo de que se alzaran las aves y de pronto dejé de sentir frío, al contrario, había conseguido sentir el calor de su cuerpo, sus brazos alrededor de mi ser y sus pequeñas lágrimas acariciando mis mejillas.

iRazu*

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