El grito se escuchó por toda la casa, el eco viajo a través de las paredes, infestando cada rincón: las habitaciones frías, los baños llenos de humedad, los pasillos empolvados y las paredes roídas por el tiempo; las escaleras, que crujían sin ser pisadas, notaron el cambio en el ambiente, las ventanas temblaron pero las puertas no le dieron el paso.
Duró unos cuantos segundos, que parecieron eternos, el grito nunca bajó de intensidad ni subió, permaneció agudo hasta que perdió el sentido... y luego todo fue silencio.
Cada tarde era lo mismo, siempre a la misma hora, un grito se liberaba del ático pero seguía permaneciendo en aquella casa, era prisionero y no recordaba el motivo de su condena; en su memoria, siempre ha sido así, paredes viejas, maderas sueltas, muebles desgastados, capas de polvo que sobrepasaban los sueños, ya ni los ratones rondaban el lugar, a nadie le pertenecía aquel monasterio olvidado... era de la soledad.
*irAzu*
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