-¡No te irás a vivir a esa casa!
-¿Qué harás para que no me vaya?
-¡Simplemente, no te vas!
-Te dije: ¿QUÉ HA-RÁS?
***
Elisa miró el recibidor vacío, suspiró, la pelea de aquella mañana con su padre se repetía una y otra vez en su cabeza. No podía borrar sus gritos con ira y sus respuestas con coraje cuando él se enteró que se iría a vivir a la casa de la abuela. Nunca supo del porque de ese odio tan encarnado que le tenía su padre y el tío Jorge.
Tomó sus maletas y subió las escaleras buscando la recamara principal, era su primera vez en aquel lugar; su tío Toño no pudo acompañarla por su trabajo, pero le dejó un croquis para llegar al domicilio y otro mapa indicando cómo era el lugar. Tenía dos años que él había dejado de vivir en aquella casa vieja, estaba llena de polvo y se sentía un frío seco, tenía mucho que trabajar; afortunadamente, él le había dejado los muebles viejos, olía un poco a podrido pero un poco de ventilación ayudaría.
La recamara principal era la más cálida de toda la casa porque el sol entraba directo de la ventana, era acogedor pero triste a la vez, se respiraba un aire de nostalgia.
Se sentó en el viejo colchón y una espesa capa de polvo de elevó un centímetro mientras los resortes chirriaban. Estornudó y más polvo se elevó, más estornudos, más polvo. Elisa se levantó para abrir la ventana y dejar que el aire entrara.
Tomó sus maletas y subió las escaleras buscando la recamara principal, era su primera vez en aquel lugar; su tío Toño no pudo acompañarla por su trabajo, pero le dejó un croquis para llegar al domicilio y otro mapa indicando cómo era el lugar. Tenía dos años que él había dejado de vivir en aquella casa vieja, estaba llena de polvo y se sentía un frío seco, tenía mucho que trabajar; afortunadamente, él le había dejado los muebles viejos, olía un poco a podrido pero un poco de ventilación ayudaría.
La recamara principal era la más cálida de toda la casa porque el sol entraba directo de la ventana, era acogedor pero triste a la vez, se respiraba un aire de nostalgia.
Se sentó en el viejo colchón y una espesa capa de polvo de elevó un centímetro mientras los resortes chirriaban. Estornudó y más polvo se elevó, más estornudos, más polvo. Elisa se levantó para abrir la ventana y dejar que el aire entrara.
***
Aprovechó el fin de semana para arreglar la casa, abrió todas las puertas, descubrió todos los muebles, barrió y talló el suelo, sacudió hasta el último rincón, se deshizo de telarañas y nidos de cucarachas, para el anochecer, estaba agotada. Solo había dos lugares que no había limpiado, el sótano y el ático.
-Lo haré después...
Decía agotada tirada en el suelo del pasillo del segundo piso. El ruido de un jarrón al caerse la interrumpió de su pequeño descanso, temió por primera vez desde que llegó a aquella casa, temió por su soledad y condición; si algo le pasaba, su familia se encontraba al otro lado de la ciudad, recordó aquellas historias que contaban en clase de ética y valores donde la mujer, por ser del sexo débil, había sufrido de agresiones de hombres que se aprovechaban de su soledad.
Se levantó sigilosa y tomo la escoba con la que barrió aquella tarde, camino de puntitas hasta llegar a la recamara principal, donde había escuchado el ruido. Odiaba que cada paso que daba, crujía el piso.
Asomó su cabeza por la puerta y vio la habitación como la había dejado, la cortina se movía a causa de la ventana abierta y, en el suelo, el jarrón que causó tanto estruendo.
-De seguro fue el viento.
Giró su cuerpo para ir por el recogedor cuando le vio. Brincó del susto, estaba recostado en su cama, sin inmutarse, abrió los ojos y la miró; eran de un verde radioactivo y contrastaban con el pelaje más oscuro que la noche más negra. Cuando su pulso se calmó y recuperó el aire, se acercó a la cama.
-Yo te conozco - decía Elisa-, estabas aquella tarde antes de salir de casa.
Se sentó en la orilla de la cama y acercó su mano con cuidado, no quería asustarle, acarició el lomo y vio como se erizaba, le vio girarse.
-¡Eres una gatita!
El felino saltó de la cama y sacó las garras.
-Perdón, no era mi intención... ven, ven bishi bishi bishi.
Se acercó a la humana ignorando aquel sonido absurdo y se dejó acariciar, se sentía muy agradable.
-Te llamarás Irazu... ¿te gusta?
La ignoró, lo que menos le importaba era un nombre.
Se levantó sigilosa y tomo la escoba con la que barrió aquella tarde, camino de puntitas hasta llegar a la recamara principal, donde había escuchado el ruido. Odiaba que cada paso que daba, crujía el piso.
Asomó su cabeza por la puerta y vio la habitación como la había dejado, la cortina se movía a causa de la ventana abierta y, en el suelo, el jarrón que causó tanto estruendo.
-De seguro fue el viento.
Giró su cuerpo para ir por el recogedor cuando le vio. Brincó del susto, estaba recostado en su cama, sin inmutarse, abrió los ojos y la miró; eran de un verde radioactivo y contrastaban con el pelaje más oscuro que la noche más negra. Cuando su pulso se calmó y recuperó el aire, se acercó a la cama.
-Yo te conozco - decía Elisa-, estabas aquella tarde antes de salir de casa.
Se sentó en la orilla de la cama y acercó su mano con cuidado, no quería asustarle, acarició el lomo y vio como se erizaba, le vio girarse.
-¡Eres una gatita!
El felino saltó de la cama y sacó las garras.
-Perdón, no era mi intención... ven, ven bishi bishi bishi.
Se acercó a la humana ignorando aquel sonido absurdo y se dejó acariciar, se sentía muy agradable.
-Te llamarás Irazu... ¿te gusta?
La ignoró, lo que menos le importaba era un nombre.
***
A partir de aquella noche, Elisa no estuvo sola.
irazu
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