lunes, 24 de septiembre de 2012

Agujero

Supongo que era de esperarse, no había marcha atrás, no después de tantas repeticiones. Alegra dejó resbalar su cuerpo apoyando su espalda contra la puerta de entrada, pasaban ya las once de la noche y estaba agotada más emocional que físicamente. Enterró sus uñas en la piel de sus piernas y apretó la mandíbula,  no iba a dejar que la escuchara gritar; sabía que estaba afuera, no sabía a que distancia, pero no iba a arriesgarse.

***

Afuera, las calles estaban solitarias, solo una figura alta caminaba entre esquinas apenas alumbradas, perdida en sus pensamientos, no entendía lo que sucedía, prefería no preguntar y no tocar temas como los de hace un par de horas, no quería involucrarse en conflictos que ella misma nombraba "sin sentido". Y ahora se preguntaba cómo había sido posible haber llegado a donde se encontraba, en un espiral de confusiones, gritos, sentimientos encontrados, dolor y esperanza al mismo tiempo.

Sus tacones dejaron de sonar entre los callejones, un hueco se formaba en su estómago... dolía.

***

Jamás entendió porque los clichés decían que al estar deprimidos se tenía que comer un bote de helado, viendo dramas baratos en la televisión e inundando la sala de pañuelos. Alegra siempre prefirió comer un cono de fresa mientras descansaba en el parque, recargada en su árbol...

"... nuestro árbol"

Sacó su celular, no tenía mensaje alguno, no había llamadas perdidas, no había señal de ella... ¿en dónde se había metido?

***

Lamió su cuello y sintió como se elevaba su ego al escuchar como la respiración de su acompañante se cortaba, deslizó sus delgados dedos por el vientre de su amante y sintió como un escalofrío recorría su espalda. Le excitaba de sobremanera ver como ella gozaba... sólo tenía que decir su nombre para que el hechizo se rompiera.

***

Cuatro semanas habían pasado, y el celular seguía intacto, Alegra había dejado de llorar, de sentir ese vacío, o al menos ya lo dominaba, o lo había ignorado tanto y se había acostumbrado, que formaba parte de sus sonrisas matutinas.

Aquella mañana la recordaría para siempre, sería otro tatuaje en su espalda, era diez de noviembre, el frío se colaba entre las costuras de su ropa; se había perdido y caminaba en círculos. Había pasado ya ocho veces enfrente de aquel callejón, siempre sentía una ráfaga espeluznante recorrer sus piernas; tantas veces había pasado que se detuvo a observarlo; estaba oscuro a pesar de ser medio día y un zapato negro de tacón alto estaba tirado a medio camino; se le hizo familiar y no dudó en acercarse para tomarlo.

El callejón se iluminó un poco más y una media negra y rota cubría una pierna fina y delgada... Alegra la conocía, podía identificar esos delicados pies aún si estuvieran llenos de fango; se acercó y vio ese cuerpo frágil tirado en el suelo, lleno de hollín. La enderezó y tocó sus mejillas frías, las cuales se calentaban poco a poco con sus lágrimas.

***

La empujó contra la pared, no de manera pasional, si no en son de reclamo; cerraba sus puños sobre sus hombros, la estaba lastimando; ignoró sus lágrimas y le pidió que se largara. Solo era un juego entre las dos, un juego tonto en el que solo buscaba diversión.

¿Pero de qué servía el juego si le provocaba todas esas emociones? Aquella noche ella caminaba por las calles solitarias de la ciudad, adivinado el berrinche de su pequeño capricho, de seguro estaría aún en el umbral de su casa, arrinconada en la oscuridad, lamentando haberla conocido.

Una punzada en el estómago interrumpió sus pensamientos, una sensación extraña recorría desde su pecho hasta debajo del vientre, no era agradable. Retiró la tela de su abrigo y pudo verlo, pudo sentirlo, un remolino que comía sus entrañas, arrebatándole el alma. Era aquel hechizo, era demasiado tarde.

***

Alegra abrazó el tieso cuerpo de la joven, llorando y sintiendo como un agujero se acomodaba en su ombligo, haciéndose más grande, lloraba implorando su nombre, el que nunca dijo cuando la tenía cerca, aquel que no se atrevió a mencionar cuando se volvían una... su eterna extraña no podía regresar a la vida; el hechizo la había derrotado, ya no había cura, era demasiado tarde y ahora Alegra sufriría la misma tragedia.



iRazu*

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