domingo, 19 de junio de 2011

Toño

-Yo no soy tu hijo...
Le repelaba a Dolores mientras jugaba con mi cabello recién cortado. Ella reía tranquilamente y dejó escapar un suspiro.
-¿Qué? -me tensé de pronto- ¿Desearías que lo fuera?
Me miró con cautela y sonrió, de manera silenciosa.
-No.
Tan segura, tan tranquila. Seguía mostrando aquella indiferecia a pesar de haberse mudado a nuestra casa. Contrario a mi, que siempre me la pasaba mirando preocupado el reloj.
-Aún le falta mucho por llegar.
No es que me leyera la mente, pero es que desde los 12 años llevo la misma rutina (ahora tengo 16). Vigilar los tiempos en los que llegaba mi viejo. Supongo que han sido los años suficientes para llevar bien la cuenta, al menos ella estaba tranquila... a veces eso era justamente lo que más me preocupaba.
-Tu madre quiere verte.
La voz de mi viejo había roto el silencio sobre la mesa a la hora de la cena. Saboreó el último bocado del alimento que nos había preparado Dolores; desde que vive con nosotros, comemos mejor.
-¿Y si me rehuso a ir?
-Está enferma -mi padre me miraba con es amirada seria mientras Dolores levantaba los platos para ponerlos sobre el fregadero con su habitual indiferencia-... ella siente que le queda poco.
Miré mi plato a medio servir antes de que Dolores lo levantara, me preguntó si hacía bien y asentí con la cabeza. Bufé, no me gustaba dejarla sola en la casa. Lo más seguro es que en mi auscencia se aburriría mucho y terminaría largándose. Esa idea hace un par de meses me habría agradado, pero ya me había acostumbrado a ella.
-Tienes prohíbido hornearle galletas.
Dejó escapar una risita inocente y me abrazó deséandome un buen viaje. Tomé mi mochila que llevaba un par de mudas, unos boxers, un cuaderno, un reproductor de música con su par de audífonos, y, no podría olvidarlo, un beso en la frente. Era todo mi equipaje para un par de días lejos de casa.
Desde que arrancó el camión, no podía quitarme de la cabeza aquella historia que me había contado Dolores en la cama. No era suya, justamente; era de su madre, una de las tantas anécdotas que le contó cuando ella era aún una niña. Uno de tantos chismes que corrían en forma de lágrimas de aguardiente ante el odio de haber nacido mujer; la madre de Dolores siempre deseó tener un varón.
***
La señora García era una mujer regordeta... qué regordeta ¡era obesa! Era de aquellas mujeres que siempre usaban un mandil sucio y se peinaban a diario con un chongo desalineado. Una vieja fodonga que ni para salir se arreglaba.
Tenía tres hijos: Manuel, el mayor. Tenía 21 años ya, hacia 4 años que había salido de casa, huyendo y provocando la furia de su madre. Jorge, de 15; y Toño, de 11; no habían corrido con tanta suerte, pues el hecho de que Manuel haya huido provocó la cautela y medidas drásticas por parte de su madre.
Toño era el consentido; sin embargo, Jorge no lo envidiaba. Su madre catalogaba al hijo de en medio como "un rebelde adolescente sin remedio".
-¡Ya llegó mamá!
Se safaba Toño de la mano de su hermano mayor y corría a los brazos de su madre. Era como si el pequeño cuerpo del niño se sumergiera en una alberca de grasa y piel colgante, perdiéndose en la profundidad entre los pechos inmensos y los brazos regordetes de la señora García.
Aquella imagen era tan desagradable para Jorge, al grado de vomitar.
-Algún día entenderás.
Jorge veía con mirada perdida a través de la ventana de aquel ático.
-¿A qué te refieres?
Jorge ignoraba a su hermano.
-He dicho... ¡¿A qué te refieres?!
Toño estaba cabreado. Su rostro era rojo como jitomate. Intentó bajar a su hermano a jalones y patadas.
-¡Marica! ¡Responde!
Su voz chillona era tan enfadosa; el era tan pequeño y frágil en comparación a su hermano mayor. Tanto, que fue fácil tumbarlo de un solo golpe. Provocando un hematoma cerca del ojo izquierdo.
Toño chilló con fuerza; acto seguido, se escucharon pisadas por las escaleras; era como si un elefante intentara subir por ellas. La trampa en el suelo del ático se abrió y se levantó la espesa capa de polvo; y, con dificultades, subió la señora García por aquellas escaleras.
-¡JORGE!
El adolescente tenía tanto miedo, que se orinó en los pantalones.
Cuando el menor se percató del olor a miados, hizo todo lo que pudo por aguantar la carcajada; puesto que no quería que su madre se enojara más.
Su hijo gritaba y pataleaba mientras los brazos enormes de la mujer lo cargaban como si fuera un costal de arena, una simple mercancía. La mujer arrastró al joven y salieron por aquella diminuta trampa; los gritos se oían por toda la casa junto con los pasos de elefante hasta que llegaron a la puerta del sótano. Después de azotar la puerta, los aullidos cesaron. O al menos ya no se oían.
*/*/*/*/*
-¿No te gustaría ir a mi casa?
María era de la misma edad que Toño, iban en el mismo salón. Se conocían desde 4º de primaria. Ella siempre usaba vestidos estampados de conejitos y un listón amarraba sus oscuras trenzas. Era un contraste lindo el azul con su piel morena.
-No me dejan ir a ningún lugar después de la escuela.
-¿Y si vamos mientras sea tiempo de escuela?
Toño miró a María, su sonrisa era linda. Le gustaba.
El miércoles, ambos niños se tomaron de la mano y saltaron la barda del colegio. Habían sido cautelosos, nadie pudo haberlos visto. Tanto, que llegaron 15 minutos antes de la llegada habitual de la señora García.
Ambos intercambiaron miradas y sonrieron; María le regaló un beso a Toño en la mejilla; el niño, embobado, sonrió.
-¡Toño! ¡Ya llegaron por ti!
Que raro... mamá llegó antes.
Corrió como siempre a sus brazos, el cual fue correspondido; pero silencioso.
Aquello era extraño. El menor de los hijos miró por el rabillo a su hermano; él cual, por primera vez desde el incidente en el ático, lo miraba; aunque de una manera extraña. Es como cuando un peatón encuentra un perro atropellado que está a punto de morir. Esa mirada de lástima al ver a la pobre criatura muriendo de manera lenta y dolorosa.


Continuará...

/i/r/a/z/u/

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