sábado, 19 de febrero de 2011

Triste vanidad

Esta noche la estrella que brilla en lo más alto del cielo no me mira, permanece pavoneándose por su belleza y no me escucha; ahora que la miro y le entrego otra plegaria, ella la arruga cual papel y hace que me sienta como basura.
¿De qué me sirvieron tantas noches en vela? Aquellas desveladas que solo le entregué a ella, mi estrella.
¿De qué me sirvieron aquellas serenatas eternas? Si al final solo elevé su ego, antes lastimeramente pisoteado.
Hoy la miro y le sonrió, ella ni siquiera me mira.
¿Cómo era antes? ¿Cómo fue que se convirtió en ésto? ¿Fue acaso tanto mi insistencia que se volvió fría y amargada?
Hoy le digo que la amo, ella ni siquiera suspira.

No me duele que me ignore, jamás eso me importó. Lloro por su amargura y su tristeza, sufro por su pena que se esconde tras la belleza.
La conozco mejor que nadie, se bien que aún la pasa mal.
Detrás de ese brillo tan singular de ella, llora perlas en silencio y espera... espera el beso prometido que pobre inmortal le ofreció, pero tanto fue su miedo a lo desconocido que ella misma me lo negó...
¡Oh! Dulce estrella mía, vagabunda inmortal que transformas mis noches; si tan solo confiaras en una palabra mía, dejarías a un lado todas estas falsedades.

irazU*


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