En el ático de aquella casona vieja me mira, me vigila.
Yo lo sé, lo siento con cada poro de mí ser, cada que camino frente ella, siento como su único ojo me sigue por la vereda. Captando cada movimiento, espiando cada paso que doy.
Aún recuerdo aquel evento de hace un año, recién me había mudado y tenía ganas de salir a “aventurarme”. No hay nada más excitante para un niño de 10 años que salir a jugar y descubrir que nuevo hay en el vecindario al que acaba de llegar, que diferencias hay con el antiguo hogar.
No es por presumir, pero mi antiguo hogar era más lindo, ahí en mi calle conocía a todos mis vecinos y no había alguno que se le olvidara saludarme cada que salía o cuando llegaba en bici a mi casa. Todo era tan tranquilo y hermoso hasta que mi papá decidió mudarse por conseguir un mejor trabajo.
Aún recuerdo ese primer día, yo había salido a jugar en busca de nuevos amigos, misión imposible, la calle estaba llena de viejos. El más joven, sin incluirme, era la señora Dolores, una vieja solterona de 37 años que vivía con su madre inválida. Todo parecía ser tan aburrido; solo esperaba que en la escuela no fuera igual.
Pero aún no era temporada de clases, apenas iniciaban las vacaciones, así que no había hecho ningún amigo. Mi padre no me podía llevar con él a su trabajo y yo tenía que quedarme en la casa viendo películas o alguna serie aburrida en la televisión a falta de cable ¡Ni la computadora estaba instalada a las 3 semanas de la mudanza!
Había decidido salir a ver cómo eran las calles, mi esperanza de encontrar algún chico en el vecindario aún permanecía latente en mí ser. Pero no, al salir no había más que sillas y perros viejos paseando. Era una tarde soleada e insoportable, aquel calor abrazaba tanto que la piel me picaba. Caminé unas cuantas cuadras y vi esa casona. Era grande, imponente y oscura. En lo alto se elevaba un pico y una ventana me observaba, ese pequeño ojo de aquel ático. Sentí un escalofrío, sabía bien que alguien estaba ahí.
¿Será un fantasma? ¿Un loco escondido? Muchas hipótesis rondaron mi cabeza.
-Ahí no vive más que un gato negro, esa casa está sola desde que recuerdo.
La vecina Dolores se había parado a un lado mío.
-Ese lugar está abandonado.
Hice una mueca, lo que menos quería era escuchar historias de una solterona, mi padre dice que pueden ser entretenidas, pero no son más que basura. Intenté apartarme y ella me sonrió.
-¿No gustas galletas?
Me encogí de hombros, estaba solo y aburrido ¿por qué no? Al fin y al cabo mi padre iba llegar hasta la cena y yo estaba hasta el tope de aburrimiento.
Miré por mi hombro aquella ventana, sintiendo su mirada sobre mí. Ya ha pasado un año, y sigo sintiendo esos pesados ojos negros.
¿Será aquel gato del cual me habló Dolores esa vez?
*Irazu...
Yo t maldigo blogspot!!!
ResponderEliminarDe nuevo, la historia me hizo retroceder a esos días de infancia.
Soy tu fan.
Una historia que dentro de su brevedad ha conseguido inundarme en un océano de melancolía y recuerdo. Muy bien lograda la atmósfera, y me parece una elección adecuada para iniciar el blog, tomando en cuenta la "mascota" del mismo ;D
ResponderEliminarY sonreí con ese detallito de "papá cree en la hilaridad de las historias que puede contar una solterona"
A darle, Ivonne!